viernes, 27 de febrero de 2015

La propuesta del día: 

LA ISLA MÍNIMA (2014). Alberto Rodríguez


Tengo la sensación de que uno de los aspectos de una película que más a menudo suele pasar por debajo del radar de público y crítica (a veces hasta del propio director) es la creación de un ambiente concreto, de un atmósfera propia que haga que la película resulte un estímulo para todos los sentidos, no sólo para la vista y el oído. Tengo una amiga que me suele insistir bastante en esto, casi siempre para justificar su filia hacia Polanski, al que tiene por el maestro de Maestros en este aspecto.

Viene a cuento todo esto porque las dos primeras palabras que se me vienen a la cabeza cuando pienso en La isla mínima son desasosiego y asfixiante. Ambas, por supuesto, tienen que ver con la atmósfera casi irrespirable, pesada, como de verano pegajoso, que se respira en toda la película. También me viene una tercera palabra que sería ocre, y que tiene que ver con los tonos amarillos, pajizos que predominan en toda la película y que tanto contribuyen a la creación de ese ambiente cargado del que hablaba antes y que, en un fantástico juego de prestidigitador, convive con una sensación de agorafobia que preside todas las escenas exteriores, donde los paisajes se extienden hasta la línea del horizonte y donde el sol pica sobre la piel y las distancias resultan inabarcables (gran hallazgo por cierto esos planes aéreos, como de captura de google maps).

-¿Y la caja con la cabeza?
-¿Y Brad Pitt?
El último elemento que contribuye a su creación serían las avasalladoras interpretaciones de Raúl Arévalo y sobre todo de un Javier Gutiérrez casi irreconocible, en estado de gracia y más que creíble en ese papel de policía tardofranquista reciclado en demócrata por imposición del guión (de la vida). Ambos aportan ese tono frío, distante, casi ausente (las conversaciones de Raúl Arévalo por teléfono con una mujer que estando en otra ciudad parece estar en otro mundo son otro enorme hallazgo) que parece querer decirnos que dos niñas desaparecidas en un pueblucho dejado de la mano de Dios no terminan de importarle demasiado a nadie.

Pues bien, con estos mimbres Alberto Rodríguez acaba entregando muchas cosas. Para empezar la mejor película española del año (y me atrevería a asegurar que de muchos años), probablemente el mejor thriller policíaco de todo 2014 (intuyo, sin verlas, que sólo La entrega y Perdida pueden rivalizar en esta categoría) y sobre todo nos deja, o mejor dicho, les deja a los directores de este país, tan proclives al lamento y a la autocompasión, una lección: la crisis no existe cuando el cine es honesto y extraordinario. Y La isla mínima lo es.


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Otros propuestas: 


EL TIEMPO DE LOS AMANTES (2013). Jérôme Bonnell

-¿Tú sabes qué hacemos en esta peli?
-Follar, creo. Pero déjame que piense porque...
Cuando una película va a responder a todos y cada uno de los tópicos del género, sea cual sea éste, lo mejor que le puede pasar es ser consciente de ello para, por lo menos, tomar una cierta distancia que le permita contarnos su historia con una desprendida ironía. Cuando esto no sucede el resultado, normalmente, resulta sonrojante. En El tiempo de los amantes, al bueno de Bonnell le sucede esto último y lo que podía haber sido una curiosa y/o sórdida historia de amor y/o filia sexual, acaba convertida en todo un catálogo de los peores clichés del cine francés (mujer de mediana edad en crisis existencial por vaya usted a saber qué, probablemente sólo porque es una mujer francesa de mediana edad, conoce a atractivo maduro con el que inicia una tórrida relación sexual sin ninguna otra justificación que no sea que es una mujer francesa de mediana edad en crisis). Por si fuera poco, la química entre los dos actores protagonistas es absolutamente inexistente, probablemente porque nadie sabe realmente porque está pasando lo que está pasando. Y ese, básicamente, es el único sentimiento que tuve viendo la peli: desconcierto ¿por qué, Bonnell, por qué? Pues ni idea. Probablemente sólo porque es una peli francesa en la que una mujer de mediana edad...


BLUE RUIN (2013). Jeremy Saulnier

De vagabundo a hipster en un paso: ducharse
Si a El tiempo de los amantes le penalizaba fatalmente su absoluta falta de lógica en el comportamiento de sus personajes, a esta Blue ruin le penaliza una carencia total de pasión, de emotividad. Sí, más o menos tenemos claro porque hacen lo que hacen pero ejecutan sus actos con una frialdad tan inapropiada que acaba por darte absolutamente igual lo que les suceda a unos y a otros. Ya puestos quizá hubiese sido mejor una apuesta decidida por una violencia extrema, a lo Oldboy, por ejemplo. O por convertir la cacería en una angustiosa persecución que acabe confundiéndonos sobre quien es víctima y quién verdugo. No sé, cualquier cosa menos este quedarse a medias de todo y acabar aburriendo precisamente por insistir en una violencia demasiado real, tan poco cinematográfica. Puede que funcione como documento visual pero incluso ahí tampoco es gran cosa. Como película desde luego es absolutamente prescindible.



THE DIRTIES (2013). Matt Johnson

-¿Tú no salías en Elephant?
-No, sólo mi camiseta
Hay películas que telegrafían sus influencias de tal manera que se podrían explicar como una receta de cocina, media docena de Tarantino, un chorrito de Kubrick... A Matt Johnson le ha sucedido algo parecido con esta historia que debe mucho, casi todo (hasta parte del vestuario), al Elephant de Gus Van Sant y un poco, el resto, a ese subgénero del cine indie americano en el que dos almas adolescentes descarriadas y torturadas se encuentran más forzados por las circunstancias que por un deseo expreso de hacerlo. Lo que pasa que normalmente esta premisa se suele utilizar para contar una historia de amor iniciático, no para que dos pirados planeen meterse en el instituto armados hasta los dientes dispuestos a acabar con todo los matones y gallitos que les amargan la vida. Y quizás el mayor punto de interés de The dirties resida en el tratamiento que hace de como esta descabellada idea afecta a la relación entre ambos pues lo más terrible de todo es que ni siquiera tienes la sensación de que ninguno de ellos esté demasiado castigado, demasiado acorralado. Da más la impresión de que, en el fondo, están buscando la excusa para hacer algo que desean hacer. Por lo demás y al margen de esta aterradora conclusión, la película resulta demasiado precipitada, todo sucede demasiado rápido y casi no da tiempo a entender porque pasa lo que pasa. Quizá porque, como decía antes, ni siquiera hacía falta una razón, sólo una excusa.

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