lunes, 20 de octubre de 2014

BOYHOOD (2014). Richard Linklater

Esto no es el final. Esto no es el principio. Esto no se para
A lo largo de un siglo, año arriba año abajo, de Historia del Cine, muchos han sido los directores que han intentado captar algo tan fugaz y a la vez tan sustancioso, tan humano, como es el paso del tiempo y su efecto sobre nuestra existencia. Cuántas películas habremos visto que, con más o menos acierto, parten desde la infancia de un personaje y le acompañan hasta su ocaso convirtiéndonos por el camino en testigos excepcionales del discurrir de una Vida. Incluso revirtiendo la fórmula, ¿verdad, Benjamin Button? Pero siempre había un límite en la ficción que nos recordaba precisamente eso, que lo que estábamos viendo no era más que el truco de un habilidoso prestidigitador. Y ahí ya entraba la habilidad del narrador y las ganas de jugar del espectador para que la historia nos llegase más o menos. 

Pues bien, en Boyhood, Richard Linklater ha hecho saltar por los aires todas las convenciones, todo el pacto director-espectador y nos ha convertido en testigos del discurrir de una Vida. Pero esta vez, de una de verdad, sin trampa ni cartón. Y la solución era, en apariencia, tan fácil como grabar esa vida en tiempo real. Y sin embargo a nadie se le había ocurrido hasta ahora (por lo menos hasta donde yo sé) lo que no deja de ser un rasgo de insólita genialidad que no sorprende tanto del director de la estupendísima trilogía de Antes del...

Pero no nos engañemos, que donde unos hayan jugado a ilusionistas, Linklater haya hecho verdadera magia (el rodaje de la película duró 12 años), es sólo la premisa, original y acertadísima, sí, pero premisa simplemente, de la que parte Boyhood. Porque el riesgo ante un macguffin de esta magnitud, era acabar quedándose en eso simplemente y perder por el camino el sustrato de la historia, lo que al final la iba a dotar de algo tan impreciso como necesario y que llamaremos "alma" por llamarlo de alguna manera. Pues bien, para nada. Boyhood es mucho más que una idea original y dos horas y media llenas de nada. Boyhood es el retrato minucioso de una Vida y como tal está llena de vida. De esos pequeños y aparentemente intrascendentes momentos que al final acaban configurando nuestra biografía y determinando nuestra forma de ser y de estar en el mundo. Y es que Linklater apostó a doble o nada cuando decidió que, además, su historia "en tiempo real" iba a ser la del niño-adolescente-chaval Mason, quizá sabedor de que no hay una época de nuestra vida más repleta de este tipo de efímeras y decisivas vivencias que la infancia y la adolescencia. Volvió a ganar la apuesta y al final lo que entrega es una película de una enorme belleza plástica y sobre todo de un conmovedor lirismo, de una emotividad y una profundidad difícilmente igualables. Con un reparto que destila una extraordinaria humanidad en cualquiera de sus etapas, se agradece además la ausencia total de cualquier moralina así como de cualquier impostura, ya sea cinematográfica o pseudofilosófica. En su apuesta por la sencillez a todos los niveles reside gran parte de su inmenso valor.

Y es que, como decía al principio, Linklater ha logrado su propósito: atrapar con su cámara el paso del tiempo, capturar La Vida y meterla en una pantalla. Bravo por él. A nosotros nos toca disfrutar una y otra vez del fenómeno.



0 comentarios:

Publicar un comentario