lunes, 6 de octubre de 2014

Las 200 de Cinemanía: 91 - EL HOMBRE TRANQUILO (1952). John Ford
Agárrate a mí, muñeca, o te volarás con el viento como un papelillo
Cuando a uno le mentan a John Ford, lo primero que se le viene a la cabeza es una de esas afirmaciones absurdamente categóricas, del tipo, "el mejor director de la historia". Luego, lo segundo en lo que piensas es sólo una palabra y, ésta sí, mucho más precisa: Western. Casi seguro que John Ford fue mucho más que un director de Westerns. Pero el Western es John Ford (lo siento, Howard Hawks. Tú quién eres, Sergio Leone). Y sin embargo, en esta comedia romántica el ya viejo director de películas como Centauros del desierto o El hombre que mató a Liberty Valance, hace todo un ejercicio de conocimiento del oficio y de los códigos del género. Chocará, quizá en un espectador actual, la rudeza y el machismo de ese übermachote que siempre fue John Wayne tratando a la ingobernable Maureen O'Hara (alguna de las escenas se me antojan absolutamente inviables en la actualidad sin que hordas de rancias feministas se le echasen encima a Ford, a Wayne y a quién fuese; lo que hace que inevitablemente acabe cuestionándome: ¿de verdad somos más libres?) pero más allá de eso la película es bastante divertida, con un retrato hasta un punto berlangiano del conflicto entre el mundo rural británico y el cosmopolita yanqui (da la sensación de que John Ford viese a los irlandeses como unos asilvestrados decimonónicos capaces de pastar en el campo junto a su ganado). Quizá la única pega que pueda ponérsele es su excesivo metraje (más de dos horas se me antojan excesivas para la historia que es) provocado por un ritmo excesivamente cadencioso en algunos momentos. A pesar de todo, es una gran comedia en la que su gran mérito sea, quizá, la habilidad de Ford para convertirte en un habitante más de Inisfree, para que tengas la sensación, como John Wayne, de estar también volviendo a casa. O por lo menos de haber llegado a un sitio del que no te apetece nada marcharte.




UN CUENTO FRANCÉS (2013). Agnès Jaoui

Caperucita, te presento al Lobo. Lobo, ésta es Caperucita
La historia del cine está repleta de sonoros y a menudo inesperados éxitos que, aparte de reventar taquillas, crean tendencia (o escuela, como se prefiera) y a rebufo de los cuales surgen toda una serie más o menos afortunadas de productos de imitación. Tiburón, por ejemplo, fue el pistoletazo de salida para que todo tipo de animales se convirtiesen en la amenaza más terrible, normalmente de algún pueblo costero en feria. A nuestros vecinos del norte les sucedió algo parecido con la archifamosa vida de Amelié. Desde que Jeunet y Tautou le cambiaran la cara a la comedia romántica y de paso el peinado a millones de jóvenes a lo largo de todo el planeta, distintos directores han intentado repetir la fórmula de forma más o menos descarada. Unos apostando por una puesta en escena similar, otros por una temática parecida. Este "cuento francés" se queda un poco a medio camino, como intentando no parecerse demasiado a Amelié pero sin perderla de vista como referente. Tiene aciertos curiosos, como el de actualizar los cuentos infantiles más universales (Blancanieves, Caperucita, La Cenicienta...) e incorporarlos a la trama principal con bastante habilidad, casi de forma natural. O presumir de un cierto sentido del humor no demasiado francés, lo que es un alivio (el humor francés sigue representado, a mis 39 años, un misterio insondable), incluso hasta puede decirse que se ríe un poco de sí misma al cumplir con ciertos clichés del cine galo. En su debe, sin embargo, hay que poner una falta de contundencia, de peso en la historia. No sé si le falta mala leche, si le falta profundidad a sus personajes, si está más preocupada de "parecer" que de "ser", pero el caso es que tengo la sensación de que se queda corta lo que, al final, deja el sabor agridulce de las cosas, que sin defraudarte, pensaste que podían haber sido mucho más.




THE FAKE (2013). Yeon Sang-ho

Me largo de este puto pueblo de beatos tarados...
Partiendo de que no soy muy fan ni de la animación oriental ni de su cine en general, decidí darle una oportunidad a esta historia del coreano Yeon Sang-ho aunque tampoco logro recordar en qué momento pensé que eso sería buena idea. Supongo que habría algo en el argumento que me atrajo, esa supuesta carga contra las religiones organizadas. Puede que la idea de un borracho como antiheroe me remitiese de forma inconsciente a los mejores Western. No sé pero imagino que por ahí deben de andar los tiros. El caso es que sin decepcionarme completamente, The fake me parece un producto justo para lo que apuntaba al principio que no soy, esto es, fan del cine oriental. No pasa de ser una película eficaz, ni excesivamente explícita ni excesivamente enrevesada, nada maniquea pero tampoco timorata. Honesta, en el sentido de que no promete más de lo que da pero también es cierto que no arriesga en exceso. Peca de caricaturesca, casi de obvia en determinadas situaciones, sobre todo en las que pretende retratar el efecto devastador de la mojigatería y la cerrazón que invade a quienes venden su alma a Dios, que no sólo el Diablo está dispuesto para tal fin. Por otro lado, venderla, como he leído en alguna crítica, como el Oldboy animado me parece cuanto menos arriesgado. No comparte con ésta mucho, ni temática ni formalmente y sólo ese retrato frío y desapasionado de la violencia tan típico de cierto cine orienta que tan inquietante me resulta, puede asociar a ambas pelis. Pero eso es algo que me parece bastante extensible a cierto tipo de cine oriental así que me temo que es un vínculo demasiado general y por tanto demasiado frágil. 



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