lunes, 2 de febrero de 2015

LA INVENCIÓN DE LA SOLEDAD

A Paul Auster le avisaron una mañana de domingo, temprano, de la muerte de su padre. Había tenido lugar ésta de forma imprevista, insospechada. Y ese desconcierto ante la muerte, y por tanto ante la vida, es lo que, tres semanas después iba a sentar a un joven Auster (tenía 32 años entonces), frente a la máquina de escribir porque, según sus propias palabras, "mi padre ya no está, y si no hago algo de prisa, su vida entera se desvanecerá con él". Y lo que Paul Auster hizo fue convertir la muerte de su padre en una novela, la primera que iba a escribir en su prolífica carrera, si dejamos al margen ese invento por encargo que fue Jugada de presión.

Dividida en dos partes, la primera de ellas, Retrato de un hombre invisible, comienza con una estremecedora reflexión sobre la vida y la muerte ("...cuando un hombre muere simplemente porque es un hombre, nos acerca tanto a la frontera invisible entre la vida y la muerte que no sabemos de qué lados nos encontramos") que le llevará en las siguientes páginas a volver sobre los pasos de su padre para contar y quizá descubrir quién era este hombre que parecía empeñado en mantenerse a una distancia prudencial del mundo que le rodeaba. A medio camino entre el trazo biográfico y la exploración psicológica de una personalidad que al Auster hijo siempre le resultó algo ignota, el relato pronto deviene, sin embargo, en un trabajo casi policial. Ignoro si estaba entre sus planes iniciales pero lo cierto es que Retrato de un hombre invisible acaba convertido en la narración de un asesinato ocurrido en la familia Auster sesenta años atrás y en el estudio, en el análisis de como aquel suceso probablemente iba a determinar ese carácter distante, indiferente de Auster padre.

La segunda parte de La invención de la soledad, está, por contra, más cerca del trabajo ensayístico, de la reflexión psicológica, que de la narración biográfica. Estructurada en forma de breves textos no del todo conexos, guardan sin embargo un hilo conductor que los recorre transversalmente. Y es que temáticamente todos ellos guardan relación con el tema de la paternidad, primero del Paul Auster hijo que intentaba acercarse a su padre, entenderle, para pasar a continuación al Paul Auster padre, que vive con la misma desconcertante ignorancia su propia paternidad. Pero al igual que en Retrato de un hombre invisible, en este Libro de la memoria, que es como se titula esta segunda parte, la intención inicial pronto se desvanece y el estudio de la paternidad pronto deja lugar al trabajo metaliterario. El gran hallazgo, quizá, de esta parte, es descubrir como ambos temas están mucho más ligados, al menos en el universo Auster, de lo que en apariencia pueda resultar aunque en su debe hay que poner que la narración, por imprevisible, acaba resultando algo árida.

Estamos, en definitiva, ante el Auster más primigenio, más puro, para bien y para mal. A partir de aquí iban a venir todas las obras de ficción que habrían de convertirle en uno de los autores norteamericanos más influyentes de final de siglo. No es una novela imprescindible como lectura aislada pero sí lo es para entender quien es Auster y porque iba a escribir en el futuro lo que escribiría. En este sentido, parece que Paul Auster hubiese puesto en orden su vida, hubiese ajustado cuentas con su pasado, antes de adentrarse en el inhóspito e imprevisible mundo de la Literatura. Y es que La invención de la soledad parece la respuesta a una necesidad que siempre he entendido muy de escritor: comprender quien eres antes de aventurarte a ser otros. 

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