Aunque la idea de comentar las tres novelas que componen la Trilogía de Nueva York de una vez y en un solo post me ha rondado estos días por la cabeza, finalmente he decidido dedicarle una entrada a cada una de ellas basándome en que, en realidad, estamos ante tres novelas absolutamente independientes cuyos nexos de unión no resultan lo suficientemente consistentes como para merecer la consideración de narración única. De hecho funcionan tan bien por separado que su lectura puede realizarse de forma absolutamente independiente y aleatoria.
CIUDAD DE CRISTAL
Al igual que La invención de la soledad, Ciudad de cristal también comenzó por una llamada telefónica. Pero en este caso a un número equivocado. Una noche Paul Auster iba a recibir una extraña llamada en la que alguien desconocido preguntaba por el detective Peter Quinn. Por supuesto, Paul Auster informó a su anónimo interlocutor del error que había cometido y colgó. Probablemente la anécdota no habría devenido en historia si la llamada no se hubiese repetido a la noche siguiente. Al igual que la primera vez, Auster iba a informarle de que estaba en un error. Sin embargo, después de colgar, esta vez Paul Auster iba a quedarse meditando sobre las posibilidades que aquella llamada le ofrecía. ¿Qué hubiese pasado si hubiese decidido hacerse pasar por Peter Quinn? ¿Qué habría sucedido si hubiese admitido ser algo que no era, en este caso un detective? La llamada no volvió a repetirse y ni Paul Auster ni nosotros sabremos nunca que habría pasado de haberse producido. Pero es de esta hipótesis, de este extraño supuesto, del que parte Ciudad de cristal, que además pone la primera piedra de uno de los rasgos más singulares de la obra de Auster, a saber, la costumbre de incluir, a menudo, retazos de realidad dentro de la ficción, difuminando así el límite que separa a ambas. Un confuso juego de equívocos donde es normal que el lector acabe dudando sobre donde ubicar exactamente la frontera entre ambos mundos.
Y es que Ciudad de cristal, al igual que sus hermanas pequeñas, Fantasmas y La habitación cerrada, aún teniendo toda la apariencia de una novela negra al uso, es, son, en realidad, magníficos y elaborados juegos de identidad en el que el protagonista empieza preguntándose quién es el otro para acabar cuestionándose quién es él mismo. En el caso de la novela que nos ocupa tenemos a un solitario habitante de Nueva York, Peter Quinn, que una noche recibe una angustiosa llamada en la que le confunden con el detective Paul Auster (ya tenemos aquí la primera "trampa" del Auster más juguetón que desembocará en una disparatada visita de Peter Quinn a la casa del Paul Auster escritor). Pero al contrario que su sosias en el mundo real, el Peter Quinn de Ciudad de cristal sí acabará haciéndose pasar por Paul Auster, detective privado.
El caso que le presentan en apariencia no puedo ser más sencillo: vigilar a un viejo septuagenario para que no se acerque a su hijo. De hecho no podría calificarse ni de trabajo detectivesco pues no es más que, en apariencia, un burdo y soporífero trabajo de seguimiento. Y sin embargo, su tarea encierra una trampa casi mortal pues parte de la premisa de que el viejo, en algún momento, intentará acercarse a su hijo. ¿Pero y si no lo hace? ¿Y si el viejo no tiene la más mínima intención de entrar en contacto con el chico? Entonces la labor de Peter Quinn se convertirá en infinita, resultando imposible como resulta determinar si está ante una paciente estrategia (esperar a que todos bajen la guardia para acercarse sin correr riesgo) o si por el contrario y como parece, su caso parte de un supuesto erróneo, el de que el viejo tiene alguna intención de acercarse a su hijo.
Pues bien, gracias a este ambiguo planteamiento, Ciudad de cristal funciona perfectamente a varios niveles como metáfora de muchas cosas. Por ejemplo, de nuestra recurrente incapacidad para saber cuando decidir que algo ha perdido su sentido original y por tanto se hace necesario ponerle el punto final. También de si somos lo que creemos ser o tan sólo somos la suma de nuestras actos. De si el lenguaje limita nuestra percepción del mundo o al menos la condiciona o por el contrario es lo que lo vuelve inteligible.
Estos son algunas, las más significativas quizás, interpretaciones que yo he sacado de Ciudad de cristal después de unas cuantas lecturas pero, como digo, funciona a muchos niveles y no me sorprendería que no fuesen compartidas por otros lectores, que hubiesen encontrado las suyas propias. Quizá sea esa la magia de cierta literatura...
nota: Como no he encontrado manera de mencionarlo en el comentario, hago una nota al pie para hablar de la estupendísima adaptación al cómic que el dibujante David Mazzucchelli hizo ya hace algunos años. Muy, muy imprescindible como complemento de la lectura de la novela.

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