miércoles, 25 de febrero de 2015

La propuesta del día: 

INTERSTELLAR (2014). Christopher Nolan


Christopher Nolan debe de ser uno de los directores actuales más controvertidos. Si sus incondicionales seguidores le veneran como una especie de Mesías cinematográfico, no menos vehementes se muestran sus detractores, que también se cuenta por legión. Interstellar no hace sino refrendar y por tanto extremar las posturas de ambos. Porque Interstellar es, para bien y para mal, un producto cien por cien Nolan.

Lo curioso de todo esto es que lo que hace que unos se postren a sus pies y otros le repudien es, básicamente, lo mismo: la grandilocuente épica de sus películas. Y una cosa no se le podrá negar a Nolan, es coherente con su manera de hacer cine porque Interstellar es, con mucho, su película más épica (para solaz de muchos y enojo de tantos otros), quizá porque aquí es donde más justificada está, donde la temática más se presta a ese gusto por el subdiscurso filosófico en el que tanto le gusta ahondar al británico.

Matthew va a la Luna ¿o no?
Apoyada en una excelente banda sonora de Hans Zimmer (¿hay algún compositor actual más épico que Hans Zimmer?), Nolan construye una fantástica fábula espacial que nos habla de nuestra insaciable sed de conocimiento, de nuestro indomable espíritu aventurero, de nuestro ilimitado e irredento espíritu de supervivencia y de paso lanza un mensaje pseudomedioambiental: el tiempo de buscar soluciones se acaba y más nos vale estar preparados para encontrar escapatorias. ¿Es o no es pomposamente épico? Pues funciona, lo mejor de todo es que funciona, lo que evidencia, creo yo, el conocimiento, el dominio que de su oficio tiene el amigo Nolan.

Poderosísima visualmente, estéticamente perfecta y con un brillante reparto encabezado por el auténtico man of the hour de Hollywood, el archireconocido Matthew McConaughey, Interstellar es, por encima de todo, una entretenidísima cinta de aventuras espaciales que funciona al margen (yo diría que por encima) de su controvertido discurso. Son más de dos horas y media de puro espectáculo visual. Más de dos horas y media que se pasan en un suspiro. Por lo que a mí respecta, Nolan ha ganado la apuesta por KO y sus detractores deben volver a la casilla de salida.



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Otros propuestas: 


DÍAS DE VINILO (2012). Gabriel Nesci


-Ha vuelto a perder River
-Calla, que estamos hablando de tetas
Si en No sos voy, soy yo, el director argentino Juan Taratuto se pasaba de rosca en su homenaje a Woody Allen y acababa convirtiendo su película en una mala y sobre todo soporífera copia de las mejores películas del director neoyorquino, en esta Días de vinilo, Gabriel Nesci se queda mucho más cerca de que su tributo al Nick Hornby de Alta fidelidad llegue a buen puerto. Para haberlo conseguido le tendría que haber restado algo de la insufrible verborrea porteña y haberle añadido un poco de la cínica ironía británica pero a pesar de estas carencias, el resultado roza, por arriba, el aprobado y la película se deja ver con una media sonrisilla de lado durante todo el metraje gracias su absoluta falta de pedantería, de presuntuosidad y a la agilidad de sus diálogos. En el otro lado de la balanza habría que poner una carencia total de originalidad, una previsibilidad excesiva que lastra el interés que pudiese llegar a despertar el desarrollo de la historia. Mención aparte, eso sí, para la brillante ocurrencia de poner a Leonardo Sbaraglia haciendo... de Leonardo Sbaraglia. Con mucho, los momentos más delirantes y graciosos de la película, son esas contadas apariciones del actor argentino autoparodiándose y de paso ridiculizando al gremio al que pertenece. ¿Habrá algo más insufrible que un actor ejerciendo de actor? Cuesta creer que sí después de ver esto.


DOS AMIGOS (2013). Polo Menarguez

Dos amigos intentando decidir quien empuja a quien primero
Dos amigos, los del título, pasan un fin de semana en un pequeño pueblo castellano que bien podría ser cualquier pequeño pueblo, alejados de sus rutinas, de sus parejas, de sus vidas. Entre cerveza y cerveza, las conversaciones fluyen y de los recuerdos de sus años golfos saltan a la percepción que cada uno tiene de su vida en pareja o del futuro que les aguarda más allá de esos dos días en los que han puesto la vida en pause. Este es el sustrato fundamental de la primera película de Polo Menarguez, una propuesta de lo más arriesgada (la película no tiene más actores que los dos protagonistas ni más acción que un partido de frontón) que, sin embargo, logra meterse en la cabeza del espectador, por lo menos en la mía, y trascender más allá de su proyección. Puede que sea la honestidad brutal de sus confesiones, tal vez lo fácil que resulta encontrar referencias propias en lo que estos dos peterpanes canallas se cuentan, lo sencillo que es identificarse con cualquiera de ellos. No sé, el caso es que Dos amigos es mucho mejor película cuando la piensas que cuando lo ves. Y eso, tampoco sé porqué, me parece un valor añadido.


CORAZONES DE ACERO (2013). David Ayer

Brad Pitt mosca porque en 1945 aún no había Starbucks
No parece tarea fácil hacer una película sobre la II Guerra Mundial. Uno tiene la sensación de que sobre el último gran conflicto de la humanidad, el cine ya ha dicho todo lo que tenía que decir así que, si no vas a redefinir el género a lo Spielberg y su Private Ryan, parece mal negocio meterse en el charco de hacer una película, otra más, y encima del Frente Occidental (o como pomposamente lo llaman los historiadores, el teatro de guerra europeo). Sin embargo, la apuesta de David Ayer consigue aportar un nuevo punto de vista: el de la guerra vista desde el interior de un tanque. Y quizá su mayor mérito no sea tanto aportar esta novedosa perspectiva como hacer llegar al espectador la angustiosa, casi asfixiante sensación de estar encerrado en tu propio ataúd cuando te ves rodeado de tanques enemigos. La nula flexibilidad de estos armatostes es todo un hándicap cuando de lo que se trata es de poner pies en polvorosa lo más rápido posible. Y este puede que sea el mayor hallazgo de Corazones de acero, una película que, por otra parte, transcurre bajo un tono tremendamente sombrío, pesimista, en ese momento en que, como dice el personaje de Brad Pitt, sabes que has ganado la guerra pero la guerra aún no ha acabado. Es decir, cuando el enemigo (y puede que tú mismo) ya sois sólo un hatajo de malnacidos desquiciados. Quizá sea esta total ausencia de eufórico heroísmo, este extremadamente amargo sabor de la victoria el otro gran aporte de la película de Ayer. Y es que la guerra, amiguitos, no mola una mierda. Ni siquiera dentro de un tanque.

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