lunes, 2 de marzo de 2015

FANTASMAS

El señor Blanco paga al señor Azul para que vigile al señor Negro. Huelga decir que el señor Azul se dedica a esto, que es un detective privado y que está acostumbrado a que le paguen por vigilar. Aunque de inicio este caso presenta unas particularidades que le diferencian de otros. Por ejemplo, la vigilancia tiene que hacerse desde un apartamento que el señor Blanco ha alquilado para el señor Azul a tal efecto. Un apartamento desde el que se divisa la ventana del apartamento del señor Negro. Además, la vigilancia ha de ser ininterrumpida, 24 horas. Cualquier mínimo despiste podría suponer perder de vista, para siempre, a su objetivo, lo que tiraría por tierra todo el trabajo hecho y, por supuesto, el caso en sí. Por otro lado no hay motivo que justifique la vigilancia, o por lo menos el señor Azul lo desconoce. Debe limitarse cumplir con la labor encomendada y elaborar unos detallados informes semanales que den cuenta de las actividades del señor Negro para luego enviarlos por correo. Por lo que el señor Azul sabe, la vigilancia podría durar un mes o diez años.

Éste es, básicamente, el punto de partido de Fantasmas, la segunda novela de la Trilogía de Nueva York. Y como sucedía en la primera parte, Ciudad de cristal, el mar de fondo que subyace bajo esta aparente novela negra al uso es un juego de identidades muy austeriano, en el sentido de que plantea incógnitas que no resuelve, quizá porque en la vida real nunca llegamos a darle respuesta, quizá porque a Auster le gusta más dejarnos siempre la puerta abierta a nuestra propia interpretación. Pero el caso es que los personajes de Auster avanzan por sus novelas tan ciegos como nosotros avanzamos por la vida, creyendo saber hacia donde nos dirigimos pero completamente ignorantes de lo que realmente nos aguarda a la vuelta de la esquina/página.

Y al igual que sucede con su hermana mayor (y con la pequeña), Fantasmas presenta dos lecturas muy delimitadas: una, la que está sobre el papel, la que nos refiere los hechos de este singular caso policíaco, la lectura obvia podría decirse. Otra, mucho más personal, la interpretación, metafísica si se quiere, que nos remite a las dudas que ya aparecen planteadas en Ciudad de cristal, a saber, quién es el otro, Quién soy yo. Y si el otro no es quien parece ser ¿sigo siendo yo quien creo ser? Y de nuevo ¿somos lo que creemos ser o sólo somos lo que hacemos?

En definitiva, que Fantasmas es, probablemente, la menos precisa, la más simbólica de las tres partes de la Trilogía de Nueva York y por ello mismo la más abierta a interpretaciones subjetivas y por tanto la que más relecturas admite. Y, en cualquier caso, una estupenda parada en el camino que habrá de llevarnos de las primeras líneas de Ciudad de cristal a las últimas de La habitación cerrada. Pero para eso aún habrá que esperar.

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