miércoles, 4 de marzo de 2015

La propuesta del día: 

Las 200 de Cinemanía: 83 - CIUDAD DE DIOS (2002). Fernando Meirelles & Kátia Lund.


Vaya por delante que Ciudad de Dios me parece una gran película (no una película excepcional y, ni mucho menos una Obra Maestra, eso sí) pero creo que su desmedido prestigio se nutre, en parte, de una sensacional explotación de sus grandes virtudes y de una utilización algo oportunista a la hora de tocar ciertas fibras que ayudan a camuflar, a disimular sus carencias.

Los amigos de Neymar esperando a la defensa del Atleti
Para empezar, Ciudad de Dios es una película con un extraordinario sentido del ritmo. Apoyada en un original montaje y con un gran sentido visual, las más de dos horas de metraje pasan voladas gracias, en gran parte, a su vertiginoso aunque nunca desbocado pulso narrativo. Un enorme mérito que la película nunca se les escape de las manos a sus directores (por cierto, siempre he tenido la idea de que había sido dirigida en solitario por Meirelles y ha sido al consultar la ficha en Filmaffinity para hacer este comentario cuando he descubierto que en realidad había sido co-dirigida junto a Kátia Lund. Comprobando las carreras de ambos después de esta película parece que no soy el único que se había hecho esa composición de lugar). Y es que la acción histérica, desenfrenada y los distintos saltos temporales que la estructuran bien podían haber desembocado en una sucesión de escenas de acción sin sentido.

Es ésta, la de su notable puesta en escena, la principal baza de Ciudad de Dios. Por lo menos su principal baza cinematográfica (en menor grado aunque sin despreciarlo habría que colocar un más que acertado casting y un guión muy notable). Pero Meirelles y Lund saben jugar otras bazas quizá no tan honestas como éstas. Porque, siendo una gran película ¿qué inventa Ciudad de Dios? ¿Qué trae de nuevo? O para que se entienda mejor a dónde voy: ¿tendría la misma reputación Ciudad de Dios si estuviésemos hablando de una producción norteamericana ambientada en el Bronx de los '70 o en el Baltimore de The wire y firmada por un treintañero de, pongamos por caso, New Jersey? Yo creo sinceramente que no, que Ciudad de Dios aprovecha perfectamente el efecto que sus referencias causan en cierto público y en cierta crítica para sobredimensionar su valor. Un efecto que tiene más que ver con cierta condescendencia y cierto sentimiento de culpa burgués con el que la progresía de Occidente suele mirar a los pueblos de los que abusa que con valores puramente cinematográficos. Ya lo decía al principio, es una gran película pero esto Coppola lo hacía hace 30 años y con una mano en la espalda.


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Otros propuestas: 


BUEN VIAJE, EXCELENCIA (2003). Albert Boadella


¿Unos canapés de foie gras de rojo masón, Excelencia?
En una memorable columna, el escritor Juan José Millás recordaba como en su casa una vez, alguien, con el Caudillo ya criando malvas, había preguntado cuándo podríamos reírnos de Franco. Afirmaba Millás que la respuesta que aquel imprudente había obtenido era que tardarían años en poder hacerlo, sobre todo si se tenía en cuenta que aún no eramos capaces de reírnos de Felipe II. Esta parodia de Els Joglars de los últimos meses de vida del dictador, parecen dar la razón a Millás. Y es que la caricatura que Boadella ofrece aquí del cruel tirano es de un trazo tan grueso, de un humor tan simplón, que apenas llega para arrancar un par de carcajadas y media docena de medias sonrisas del espíritu más revanchista. Demasiado centrada en ofrecer una ridiculización excesiva, burda si se quiere, de lo que se conoció en su momento como el Búnker, se deja por el camino un buen puñado de oportunidades para ser verdaderamente ácida, cáustica e hiriente con un Régimen (y su oposición) que dejaron, amén de un sinfín de muertos y de vidas truncadas, una herida abierta que, entre otras cosas, provoca que 40 años después sigamos siendo incapaces de reírnos de Franco. Por lo menos con gracia.


EL HOBBIT, LA BATALLA DE LOS CINCO EJÉRCITOS (2014). Peter Jackson

-¿De verdad le has zurrado a Justin Bieber?
-No quiero hablar de eso... pero sí
Si la primera trilogía de la Tierra Media fue una grandiosa epopeya que acabó con una estruendosa y magnífica traca final (pese a su dilatado final, El retorno del Rey es, casi con toda seguridad, la más entretenida, adrenalínica y divertida de las seis películas), esta segunda trilogía, que nunca ha llegado a alcanzar esas magníficas cotas de épica, llega a su conclusión diluyéndose entre claros síntomas de fatiga. Parece como si a Peter Jackson se le hubiese acabado el fuelle en algún momento entre La desolación de Smaug y esta batalla de los cinco ejércitos y hubiese tenido que activar el piloto automático para poder llevar a buen puerto la historia de esta comunidad de enanos (con hobbit). No es que la película sea mala, al revés, es un notable ejercicio de cine fantástico y hasta bélico y si en lugar de compararla con sus predecesoras lo hacemos con el resto del género, probablemente ganará numerosos pulsos. Pero la sensación que transmite es la de falta de esa pasión, de esa chispa en la narración que convirtió a las tres primeras en clásicos inmortales. De hecho, hasta en sus virtudes es poco jacksoniana, pues, en contra de lo que nos tiene acostumbrados el neozelandés, la película se pierde poco en extensos y y fatigosos circunloquios para presentarnos una acción pura y dura casi desde su primer plano. En definitiva, un tibio epílogo para una saga que alcanzó la cima de su gloria en los campos de Pelennor.



NEBRASKA (2013). Alexander Payne

...y con el premio me haré aquí mi propio World Trade Center
Hay algo de oportunidad perdida en esta entretenida historia de un viejo que no se sabe muy bien si está senil o se lo hace. Digo que hay algo de oportunidad perdida porque la premisa de la que parte, incluso la sublectura que pretende ofrecer, esto es, un hijo acompañando a su padre en el último de sus delirios como forma de saldar la deuda vital que todo hijo suele mantener con sus padres hasta el último momento; daba para mucho más. Para muchísimo más. De hecho, seamos sinceros, Alexander Payne ha desaprovechado la oportunidad de hacer su versión paterno-filial de la extraordinariamente conmovedora e inmortal Una historia verdadera de David Lynch. Por contra lo que tenemos es una película que entretiene más que emocionar, que divierte más que enternecer y que deja un grato poso de cine bien hecho aunque con el freno de mano de las emociones echado todo el rato. Porque quizás el mayor defecto de Nebraska sea ese, que da la sensación de que Payne nunca llega a saber manejar el emotivo material que tiene entre manos y consciente de ello, antes de caer en la más burda sensiblería, prefiriese mantenerlo a raya sofocando cualquier atisbo de incendio antes de que se descontrole. Y de ahí su contención. No es poco y sin embargo sabe a poco.

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