lunes, 16 de marzo de 2015

LA HABITACIÓN CERRADA

La última parada de la Trilogía de Nueva York es, casi con toda seguridad, la de más fácil lectura, quizá porque la historia en sí resulte tan apasionante que entretenerse en sesudas interpretaciones resulte una absoluta pérdida de tiempo. Apartándose de los senderos de la novela negra más ortodoxa, la reflexión que Auster ofrece aquí sobre la identidad es, como decía, poco simbólica, muy directa.

Un narrador del que nunca llegamos a saber el nombre (¿será el propio Auster? ¿un trasunto suyo?) recibe una carta de la mujer de su mejor amigo de la infancia, un tal Fanshawe que ha desaparecido sin dejar más huella que un retorcido encargo para su colega de correrías infantiles, a saber, decidir si toda su obra literaria, jamás publicada, merece ser dada a conocer o, por contra, debe arder como una tea y perderse en la noche de los tiempos. Ni que decir tiene que la obra del misterioso Fanshawe resulta ser de una calidad excepcional y que su amigo no duda lo más mínimo en cual ha de ser su fin: el mundo debe conocer la extraordinaria obra de Fanshawe.

Pero sucede que pronto el misterio de la identidad real de Fanshawe ocupa el centro del escenario, de manera que el narrador acaba inmerso en una cada vez más confusa trama donde las identidades de uno y otro se acaban confundiendo hasta el punto de que el narrador irá ocupando cada vez más espacios del Fanshawe real y desaparecido. La relación, cada vez más estrecha con la mujer de Fanshawe, contribuirá al hecho de que acabe dudando de quién es él, de cuanto de Fanshawe y cuanto de él mismo queda.

Con este original y, porque no decirlo, cada vez más kafkiano argumento, Auster construye un apasionante thriller, si acaso el más entretenido de los tres que componen su fantástica Trilogía de Nueva York, que lleva más lejos que ninguna de sus predecesoras la ausencia de respuestas. Si en Ciudad de cristal quedaba todo más o menos justificado (por qué el padre podría tener intención de acercarse al hijo, por qué Peter Quinn decide hacerse pasar por el detective Paul Auster, por qué Peter Quinn decide seguir con el caso mucho más allá incluso de los límites que marcan la cordura y el sentido común) y en Fantasmas lo único que se nos escapaba era el motivo por el que el señor Azul debe vigilar al señor Negro, La habitación cerrada gira en torno a muchos misterios sin resolver pero en el eje de todo se sitúa uno con el que el lector debe convivir toda la novela: por qué Fanshawe decide desaparecer del mundo. Mas allá de si este misterio queda resuelto o no con su insólito desenlace, lo que queda claro es la tendencia de Auster, cada vez más acusada, a ofrecer por toda respuesta otra pregunta. Eso y su habilidad, de nuevo, para jugar con los límites entre realidad y ficción, pues los datos biográficos que se irán descubriendo sobre el bueno de Fanshawe con el discurrir de la historia nos obliga a preguntarnos si en realidad, Paul Auster es Paul Auster o sólo un amigo de la infancia que un día recibió un encargo insólito: decidir si la obra del auténtico Paul Auster merece ser publicada. Lo dicho, apasionante.

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