martes, 8 de abril de 2014

Ayer, por fin, terminé de ver la primera temporada de la espectacular y abrumadora True detective. Pero desde mucho antes de ese epifánico último capítulo, de hecho casi desde el principio, tuve la certeza de que más allá del nivel que llegase a dar la serie, el personaje de Rust Cohle, creado (decir que lo interpreta sería como afirmar que Zidane jugaba al fútbol) estremecedoramente por Matthew McConaughey, era algo superior. Un personaje que probablemente acabaría mereciendo un lugar de honor en el altar de los mejores personajes de serie jamás creados. El resto de capítulos no vino sino a confirmar esa primera evidencia. Por eso hace ya un par de semanas que pensé que, cuando acabase de verla iba a escribir este post, contándoos quienes y porque son mis 4 personajes de serie favoritos (el orden es estrictamente cronológico, según se fueron estrenando sus series).

¿Qué miras? ¿Quieres ver lo que tengo debajo del abrigo?
-Omar Little, interpretado por Michael K. Williams. Esta especie de Robin Hood drogadicto y homosexual es uno de los personajes más cautivadores de la, para mi gusto, mejor serie que se ha hecho jamás: The Wire. Su ambigüedad moral, por otra parte un rasgo común a casi todos los personajes de la serie; su eterno desafío a los poderes establecidos de una y otra orilla de la Ley; su habilidad para nadar entre dos aguas y acabar convirtiéndose en el enemigo que nadie quiere tener, por escurridizo, por intuitivo, por brillante; su extremo sentido de la lealtad para con los suyos en un mundo donde, como diría Galeano, la palabra vale menos que la bala que te matará, donde cualquiera es capaz de vender su alma al diablo con tal de medrar; por su despiadada y fría, casi aséptica violencia para con sus enemigos… son todos estos los rasgos que le convierten, con mucho, en el personaje más carismático de la serie, que no en el más entrañable (¿hay alguien entrañable en este feo y sucio Baltimore?). Por si fuera poco, su estética, con su eterno abrigo largo, su badana en la cabeza y esa misteriosa cicatriz que le cruza la cara de norte a sur, contribuyen a aumentar ese magnetismo hasta el punto de que no te queda más remedio que rendirte a él a la voz de “vale, es un cabrón… pero me cae bien”.

Te cambio este whisky por un café...
-Al Swearengen, interpretado por Ian MacShane. Dueño de un Saloon, de un prostíbulo, proxeneta, violento, conspirador… toda una joya, vaya. Y sin embargo, la abrumadora presencia física de Ian MacShane, incluida esa rotunda y estruendosa voz rota, conferían a este personaje de apellido impronunciable (algo parecido a Swedgen según la inolvidable pronunciación de Mr. Wu) en el mayor atractivo de la muy infravalorada Deadwood. Con su sempiterna taza de café recién hecho en la mano, al amparo de un par de matones, asomado al balcón de su local o paseando impune por las calles de Deadwood, Al Swearengen era la mano que movía los hilos tras la cortina. Con una intuición casi primitiva para saber cuando tenía que recurrir a la violencia y cuando a la astucia, iba tejiendo su tela de araña en la que todos, hasta el honorable y hierático Seth Bullock, acababan cayendo. Su habilidad para la conspiración le convertía en el hombre clave de este lejano y siempre embarrado poblado del Lejano Oeste, siendo los hombres de Ley, meros títeres a su servicio, a menudo sin ni siquiera ser conscientes de ello. Y es aquí, en su habilidad para manipular a unos y a otros a su antojo donde reside el encanto de este, por otra parte, despiadado y cruel hijo de perra. Pero en el Salvaje Oeste ser un hombre de bien y prosperar eran casi antónimos.

¿Y cómo me quito ahora la máscara para comerme el helado?
-Richard Harrow, interpretado por Jack Huston. No hace su aparición hasta los últimos capítulos de la primera temporada de Boardwalk Empire y en principio su presencia parece circunstancial, más un recurso narrativo puntual que la consecuencia de un plan. Pero a partir de la segunda temporada, cuando se alía con Jimmy Darmody, el inquietante y ambicioso personaje interpretado por Michael Pitt, el peso que Richard Harrow va cogiendo no sólo en la serie, sino como personaje, no hace más que crecer hasta alcanzar su cenit en ese glorioso y épico último capítulo de la tercera temporada. En el caso de este Richard Harrow el valor de su presencia física es aún mayor que en el de Omar Little y Al Swearengen. Porque Richard Harrow es, hasta que te logras aprender su nombre, el tipo de la máscara. Con la mitad de la cara desfigurada como consecuencia de una herida sufrida durante la Gran Guerra, Richard decide tapar su deformidad con media máscara que cubre la zona lisiada al mismo tiempo que simula ser una prolongación de su rostro real. Este rasgo del personaje, un acierto brutal a mi modo de ver, contribuye enormemente a que Jack Huston se apodere de la escena cada vez que aparece. En el momento en que Richard Harrow entra en plano ya no puedes mirar a otro sitio, ya no puedes prestar atención a otra cosa. La contribución del actor, con esa voz seca, profunda, casi afónica y ese hablar tan solo con media boca (ignoro como consigue mantener media boca paralizada pero es estremecedor), no hacen sino ahondar en esta sensación. Pero no es sólo una máscara física con lo que Richard Harrow se protege. De hecho, la máscara es la metáfora perfecta de quién es este veterano de guerra parco en palabras y pulso firme: alguien con una terrible herida interna, casi tan horrenda como la externa, que decide por ello ponerse a salvo tras esa impasibilidad, ese hieratismo que no es más que el temor a ser herido de nuevo. Por eso, a medida que esta faceta va quedando al descubierto con el devenir de los capítulos, el magnetismo físico que ejerce sobre el espectador deja paso, poco a poco, a cierta compasión, a cierta empatía que acaba despertando hasta una especie de ternura. Y eso, cuando hablamos de alguien capaz de arrancarle a otro el cuero cabelludo con un cuchillo, es un logro superlativo.

Si pedimos unas pizzas, os cuento quién mató a Kennedy
-Rust Cohle, interpretado por Matthew McConaughey, es Nietzsche con una pistola y una placa. En realidad es una especie de mezcla entre Nietzsche, Hannibal Lecter y el frío desencanto del Morgan Freeman de Seven. Al contrario que en los casos anteriores y como decía al principio, este personaje me cautivó desde el primer capítulo, casi desde el primer minuto. En realidad desde que hace su primera aparición en el presente, con ese pelo largo y encanecido, con ese bigote mitad nietzscheniano, mitad guitarrista de grupo heavy, con ese hablar extremadamente pausado y sereno, casi lánguido, en un tono poco más alto que un susurro; con ese desdén arrogante con el que parece estar dejándose interrogar por los policías cuando lo que en realidad está haciendo es diseccionarlos meticulosamente mientras esculpe distraídamente diminutos muñecos de metal con los restos de las latas de cerveza que va terminando. Como sucede con Richard Harrow, Rust Cohle se apodera de la escena cada vez que aparece en pantalla, pero al contrario que en el caso del hombre de la mediamáscara, no es su presencia física lo que cautiva. Es la precisión, casi quirúrgica, de su discurso lo que resulta irresistible. Rust habla poco y despacio pero cuando lo hace las palabras golpean a menudo centros neurálgicos, tanto de su interlocutor como del espectador. El mayor mérito de Matthew McConaughey está en respaldar ese discurso con un lenguaje corporal acorde. Rust habla despacio y se mueve despacio… y piensa cien veces más rápido que cualquier otro personaje de los que le rodean. Y luego está esa mirada, tan fría como neutra, casi despiadada, con la que consigue desconcertar no sólo a los sospechosos, también al espectador. Pero tras este hermético e impasible policía lo que se esconde no es más que un ser humano hastiado de sí mismo y de la vida, torturado por la condena de tener que ser quién es, sumido en una especie de pesimismo vital que estalla, de forma inigualable, en los últimos cinco minutos del último capítulo. Y es justo ahí, en ese extraordinario epílogo, donde Rust Cohle alcanza la inmortalidad como personaje de ficción.

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