Las 200 de Cinemanía: 101 – TIBURÓN (1975). Steven Spielberg
Spielberg ya había
avisado 4 años antes, con esa pequeña joya que es El diablo sobre ruedas:
sabía cómo manejar las emociones del espectador y someterle a la más despiadada
angustia. Y para ello le había
bastado con una carretera, un camión y, lo más aterrador de todo, ningún
motivo. El espectador, al igual que le pasaba al horrorizado Dennis Weaver, no
llegaba nunca a entender porque le estaba pasando todo aquello. Pues bien, a
todo esto le dio una vuelta de tuerca más cuando decidió que un tiburón de
proporciones jurásicas aterrorizaría a un pequeño pueblo costero repleto de
bañistas. La genialidad de Spielberg en esta cinta es tal que hasta que uno no
la ha visto varias veces no repara en que el tiburón, como tal, tarda casi hora
y media en aparecer en pantalla. Pero para entonces el espectador está
totalmente poseído por la angustia, por el más puro horror de una amenaza tan
imprecisa como letal. Spielberg se ha metido en nuestra cabeza sin que nos
demos cuenta y ha cambiado cuatro cositas de sitio y ha obrado el milagro. Hay
películas que subvierten los códigos del género, de esas Spielberg tiene
alguna, Salvar al soldado Ryan quizá constituya su mayor logro en este
aspecto. Otras incluso cambian la historia del cine, como Spielberg hizo cuando
decidió utilizar la animación por ordenador en Parque Jurásico. Y luego están
las que cambian hasta tu forma de desenvolverte en la vida. Y en este apartado
que levante la mano quién no haya pensado en Tiburón cualquier día, a mitad
de un baño en cualquier mar, y no haya sentido un cosquilleo en el estómago
imaginando que, de repente, una aleta se desliza sigilosamente junto a él mientras suena la aterradora y sugestiva melodía de John Williams. Pues
todo esto se lo debemos al amigo Steven, probablemente el último gran genio que
ha dado la historia del cine.
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| Tiradle un palo al "bicho" y que me deje dormir... |
LOBEZNO INMORTAL (2013). James Mangold
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| El que antes parpadee pierde. Y no vale hacer cosquillas con las cuchillas |
A propósito de Capitán América: el soldado de
invierno, polemizaba el otro día con mi hermano sobre quién era el mejor
superhéroe de Marvel. O mejor dicho, quién es el personaje sobre el que mejores
historias se han contado. La polémica dio para mucho pero en lo que los dos estuvimos de acuerdo era en que
Lobezno era, casi con toda seguridad, al que menos partido habían sabido sacar.
Las razones, Marvel sabrá. Aunque me da mí que algo de miedo y algo de
puritanismo hay a la hora de tratar a un personaje que, no nos engañemos, no
tiene nada de infantil, casi ni de juvenil. Y si sucede esto en el cómic, que
siempre maneja unos márgenes de libertad creativa mayores que el cine, que podemos
esperar de esta saga de películas sobre el más oscuro y ambiguo de todos los
superhéroes marvelitas. Pues poco más que lo que encontramos en esta película:
unas buenas dosis de peleas bien coreografiadas (mucho mérito lograr reinventar
la clásica pelea en el techo de un tren a estas alturas con la espectacular
escena a bordo de ese TGV), una profundidad psicológica de los personajes algo
rudimentaria, escaso conflicto moral para la naturaleza del personaje y poco
más. Bueno, en su haber habrá que apuntar un par de aciertos, como experimentar con la
naturaleza mortal del personaje (¿qué pasaría si Lobezno no se pudiese regenerar? Más allá de que tendría que aprender a pelear...)
y un comienzo bastante prometedor que, poco a poco, sin embargo, se da
desvaneciendo hacia un final previsible incluso en su supuesto último giro de
guión. Y eso es todo para un Lobezno del que habrá que empezar a pensar que, al
menos en el cine, funciona mejor como secundario (la saga de X-Men así parece demostrarlo), que como
personaje en solitario. Por cierto, ¿se atreverán a incluirlo en la próxima alineación de Los
Vengadores? Es una baza interesante pero sólo si se están dispuestos a
arriesgar con él. Si no, mejor que le dejen en el banquillo, esperando su
Miller o su Brubaker de turno que de verdad le conduzca a la inmortalidad prometida en el título.


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