Las 200 de Cinemanía: 111 – EL CAZADOR (1978). Michael Cimino
En uno de las muchas escenas memorables, inolvidables, que guarda esa otra Gran Obra Maestra que es Hermanos de sangre, el personaje interpretado por Eion Bailey, el soldado Webster, el universitario, estalla frente al desfile de una bolsa de 300.000 prisioneros alemanes. Puesto en pie en el camión que les lleva a él y a sus compañeros hacia Austria, escupe su ira, su frustración contra un enemigo que le ha obligado a aceptar como suyo un destino que jamás deseó. “¡Arrastrando nuestros culos por medio mundo. Interrumpiendo nuestras vidas! ¿Para qué? ¡Escoria servil e ignorante! ¿Qué coño hacemos aquí?”, les grita a todos ellos, a ninguno en concreto.
Pues bien, El cazador es la radiografía minuciosa del sentido último de esa angustia, de esa congoja ante el sinsentido que supone dejar tu vida interrumpida, de abandonar todo lo que eres, para ir a librar una guerra que no debería ser la tuya en la otra punta del mundo. Porque cuando regresas (si es que regresas) ya nada es lo que era. Ni la vida, ni tú. Puede que todo se parezca a lo que una vez fue, sí, pero nada lo es realmente. Y la conclusión a la que llegas entonces es que eso, en definitiva, es lo que hace la guerra con los hombres y con sus vidas: las destruye. Las vidas que no aniquila, las arruina para siempre. Y esa ruina pueden ser unas piernas de menos, la ausencia de un amigo al que no pudiste salvar o un aislamiento emocional de todo lo que una vez estuvo a punto de ser tuyo.
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| Por lo menos me han dejado quedarme el abrigo... |
Pero no es sólo eso. No. El cazador es un poco más. Por una vez
y sin que sirva de precedente, estoy completamente de acuerdo con Boyero, tanto
que no se me ocurre como expresarlo mejor, por eso le cito. Dice Boyero que
El cazador “no es una película sobre la guerra, sino sobre la amistad.
Sobre cómo la vida puede joder las cosas más hermosas que hemos tenido, la
imposibilidad de recobrar el esplendor en la hierba”. Y es ahí, como metáfora
perfecta del erosivo paso del tiempo, donde la película se transforma de una
gran película en una obra monumental. Colosal.
Cuando en la escena final algunos de los personajes (no concretaré cuales para no spoilear) se reúnen en torno a una mesa y cantan, dolientes, resignados, a coro, el God bless America, los ojos se te humedecen porque en tu cabeza lo que resuena es el eco de una maldición. Porque por fin tienes conciencia plena de algo que es seguro: ya nunca volveremos a ser jóvenes. Y más nos vale haberlo aprovechado.
Cuando en la escena final algunos de los personajes (no concretaré cuales para no spoilear) se reúnen en torno a una mesa y cantan, dolientes, resignados, a coro, el God bless America, los ojos se te humedecen porque en tu cabeza lo que resuena es el eco de una maldición. Porque por fin tienes conciencia plena de algo que es seguro: ya nunca volveremos a ser jóvenes. Y más nos vale haberlo aprovechado.
THE SPECTACULAR NOW (2013). James Ponsoldt
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| Cariño, ¿eso es el mando del garaje o te alegras de verme? |
Si se pudiesen meter en una especie
de batidora de cine distintas pelis para obtener luego una nueva y a alguien se le hubiese ocurrido meter una comedia romántica adolescente al estilo Ventajas de ser un
marginado o Adventureland con un buen pedazo de American pie o cualquiera de esas golfadas pre-universitarias y le hubiese
añadido, a modo de aliño, un aire de comedia indie y todo ello en dosis considerables pero del todo insuficientes, a buen seguro que le habría quedado algo muy parecido a este
quieroynopuedo. Las intenciones son buenas, y la idea de partida también... más
allá de que está totalmente injustificada. No quiero decir que los motivos sean
erróneos, no. Es que en ningún momento queda claro porque en un determinado
momento los personajes deciden actuar como actúan. Y ese es su principal lastre:
la absoluta falta de justificación de unos comportamientos que sin ser del todo
incoherentes tampoco nos explican. Así las cosas resulta difícil identificarse
con los protagonistas, con ningún personaje en realidad y con ninguna de las muy artificiosas situaciones en las que, lo que predomina, es el aroma de lo artificial, la sensación que queda es la de que el guionista quería que eso fuese lo que sucediese, por mucho que la historia pidiese cualquier otra cosa. Al final uno tiene
la sensación de haber sido testigo de poco más que una interesante conversación
entre dos desconocidos en el metro. Que sí, que te ha llamado la atención, pero
cuando te bajas ya te has olvidado por completo de todo lo que has escuchado.
Qué le vamos a hacer...


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