lunes, 24 de marzo de 2014

Las 200 de Cinemanía: 108 – EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS (1989). Peter Weir

Y ésta, niños, es la postura ideal para cagar en el campo
Lo reconozco: yo también fui de los que me emocioné y puede que hasta se me metiese algo en el ojo cuando en la escena final un imberbe Ethan Hawke se sube a su pupitre y hace que un cabizbajo y apocado Robin Williams se vuelva al grito de “¡Oh, capitán, mi capitán!”. Me encontraba por entonces en ese difuso territorio que marca el final de la pubertad y el principio de la adolescencia así que la tormenta emocional era, más que un síntoma, una forma de vida. Pero el tiempo fue pasando y mi espíritu serenándose (¡gracias a Dios!) y, en paralelo, fue creciendo mi repelús por Robin Williams. Su expresión de santurrón relamido dispuesto a poner todas las mejillas que hiciesen falta me resultaba cada vez más insufrible, hasta el punto de acabar en el Panteón de los actores que podían impedir, por sí solos, que viese una película suya (el trono siempre fue de Jim Carrey). Por eso, volver a este rancio colegio de Nueva Inglaterra fue todo un desafío. Ya no era un adolescente vulnerable y, por otro lado, reconozco que me daba algo de pena que el mito se me cayese (debí de ver la película unas seis o siete veces entonces pero hacía más de 15 años que la había visto por última vez). Al final la cosa acabó en tablas. Ni era la extraordinaria, romántica y muy cursi historia sobre espíritus inquietos y rebeldes que recordaba, pero tampoco la versión cinematográfica de uno de esos horrorosos libros de autoayuda a lo Jorge Bucay. Y aunque me seguía sobrando Robin Williams, me pareció un buen trato.




RÍO LOBO (1970). Howard Hawks

-¿Me estás soplando en la oreja? - Lo siento, no puedo evitarlo
En 1970 Howard Hawks firmaba la que iba a ser su última película. Su legado da escalofríos: desde la Alta Comedia (La fiera de mi niña) al cine negro más puro (Tener y no tener o El sueño eterno) pasando por el más puro y divertido cine de aventuras (Hatari!). Y por supuesto, el Western, el género que es todos los géneros. Firmó Río Rojo y luego hizo otro río, éste bravo, y le quedó tan perfecta, tan inmortal, que la repitió con otros actores y otro título pero la misma historia y la llamó El dorado, y le quedó igual de bien que su hermana mayor. Con éste su último río, el Río Lobo, Hawks parecía estar despidiéndose, poniendo en ella una especie de highlights de su carrera. Como si, a falta del reconocimiento que se había llevado el genio Ford, él mismo se hubiese encargado de autohomenajearse. Llamó al actor que nació cowboy y del que John Ford dijo después de ver en Río Rojo que no "sabía que este hijo de puta supiese actuar", recogió todos los códigos del género y los puso en una película cuyo final (que no desvelaré, para no spoilear), no es sólo un guiño a su obra maestra, Río Bravo y al mito del tiroteo en O.K. Corral; también y sobre todo, lo es al Western mismo. Poco importa que al final acabe siendo un film menor no ya dentro del género, sino de la filmografía del propio Hawks. Total, cualquier Western mediocre es mejor que casi cualquier otra película que puedas ver. Y para entonces Hawks ya había cumplido, con creces, su parte del trato.



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