Las 200 de Cinemanía: 121 - FARGO (1996). Joel Coen
Hace tiempo que ciertas convenciones pseudoculturales dejaron de importarme lo más mínimo. En otro tiempo, en la época en la que salió esta película, por ejemplo, no me habría atrevido, y menos en ciertos círculos, a hacer según qué afirmaciones, como que me tienen que proponer un auténtico planazo para sacarme de casa un sábado por la noche en que haya partido del Real Madrid, que no le veo la (tanta) gracia a directores como Kubrick o Buñuel o que, sí, Héroes del Silencio sigue siendo mi grupo español favorito.
Hace tiempo que ciertas convenciones pseudoculturales dejaron de importarme lo más mínimo. En otro tiempo, en la época en la que salió esta película, por ejemplo, no me habría atrevido, y menos en ciertos círculos, a hacer según qué afirmaciones, como que me tienen que proponer un auténtico planazo para sacarme de casa un sábado por la noche en que haya partido del Real Madrid, que no le veo la (tanta) gracia a directores como Kubrick o Buñuel o que, sí, Héroes del Silencio sigue siendo mi grupo español favorito.
Viene todo esto al caso porque
hubo un tiempo en que afirmar que no te gustaban las películas de los hermanos
Coen provocaba que la gente torciese el gesto como si lo que hubieses afirmado
es que no ves tan mal, llegado el caso, comer carne humana. Como todos los
clichés, a todas las edades, en todas las épocas, fue cuestión de tiempo que la
tendencia se invirtiese, tal es así que llegados a cierto punto, esperar con
expectación la nueva de los Coen
provocaba el mismo recelo, en las mismas personas. Pues bien, a mí me gustaban
los Coen entonces y me siguen gustando ahora. Y, por si alguien lo dudaba, nunca me han
dejado de gustar en todo este tiempo. Hasta en sus momentos más bajos, allá por
principios de siglo, con sus más fallidas O
Brother! Crueldad intolerable o
Ladykillers, me entretenían más que la mayoría de películas que se
estrenaron por entonces. Por supuesto, Quemar
después de leer me parece una comedia estupenda.
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| "Nos van tan bien las cosas..." |
Pero lo que siempre me fascinó
y aún lo sigue haciendo, y no sólo de esta película, también de casi toda la
filmografía de los Coen, es el poco, el nulo afecto que éstos parecen sentir
por sus personajes. Algo así como el reverso palurdo y cruel de Tim Burton. Bien
es sabido que la filmografía de éste está repleta de adorables monstruos
mientras que las de nuestros queridos hermanos es toda una galería de
mentecatos grotescos a los que uno sólo puede imaginar como el cargante memo de
una reunión de vecinos cualquiera. Por eso, cuando en la memorable escena final,
una embarazadísima McDormand afirma sin titubear, ante su marido, que “no
podrían irnos mejor las cosas”, no te queda más que aplaudir con una sonrisa de oreja a oreja ante la despiadada y quirúrgica precisión con la que estos dos hermanos de Minneapolis han retratado la insustancial felicidad de algunas
vidas.

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