martes, 7 de enero de 2014

Las 200 de Cinemanía: 121 - FARGO (1996). Joel Coen

Hace tiempo que ciertas convenciones pseudoculturales dejaron de importarme lo más mínimo. En otro tiempo, en la época en la que salió esta película, por ejemplo, no me habría atrevido, y menos en ciertos círculos, a hacer según qué afirmaciones, como que me tienen que proponer un auténtico planazo para sacarme de casa un sábado por la noche en que haya partido del Real Madrid, que no le veo la (tanta) gracia a directores como Kubrick o Buñuel o que, sí, Héroes del Silencio sigue siendo mi grupo español favorito.

Viene todo esto al caso porque hubo un tiempo en que afirmar que no te gustaban las películas de los hermanos Coen provocaba que la gente torciese el gesto como si lo que hubieses afirmado es que no ves tan mal, llegado el caso, comer carne humana. Como todos los clichés, a todas las edades, en todas las épocas, fue cuestión de tiempo que la tendencia se invirtiese, tal es así que llegados a cierto punto, esperar con expectación la nueva de los Coen provocaba el mismo recelo, en las mismas personas. Pues bien, a mí me gustaban los Coen entonces y me siguen gustando ahora. Y, por si alguien lo dudaba, nunca me han dejado de gustar en todo este tiempo. Hasta en sus momentos más bajos, allá por principios de siglo, con sus más fallidas O Brother! Crueldad intolerable o Ladykillers, me entretenían más que la mayoría de películas que se estrenaron por entonces. Por supuesto, Quemar después de leer me parece una comedia estupenda.

"Nos van tan bien las cosas..."
Tanto me gustaban los Coen entonces que si la votación de las 200 mejores películas de la historia hubiese sido hace diez años, es muy probable que yo hubiese incluido Fargo en mi lista de diez favoritas de siempre. Ha pasado el tiempo y hace unos días volví a ver Fargo, temeroso de comprobar que el mito se había ajado en todos estos años. Pero no, fue un reencuentro perfecto. Quizá ya no la incluyese en ese top10 pero más por méritos de otras pelis que por demérito suyo. Y es que Fargo conserva intacta todas las virtudes que la convirtieron en algo más que un icono del cine de autor allá por la segunda mitad de los noventa, a saber, cierto tipo de humor negrísimo, personajes vulgares en situaciones absolutamente ridículas, diálogos heladoramente afinados, una dirección extraordinaria pero sin perder de vista nunca el fin último, esto es, estar al servicio de la historia que se está contando… y sobre todo, un reparto espectacular, en verdadero estado de gracia. Después de Fargo, El Perdedor por definición siempre llevará esa cara a medio camino entre el estupor y la estulticia más pura que nos dejó aquí William H. Macy. Ninguna pareja de asesinos a sueldos puede ser más aterradora al mismo tiempo que cómica que la formada por el parlanchín Steve Buscemi y el hierático Peter Stormare. Y qué decir de Frances McDormand, el único personaje en toda la película que parece conservar no sólo cierta calma, sino tener algo de sentido común, al menos para desentrañar todo el embarazoso asunto, y me refiero al secuestro, no al estado de buenaventura de su personaje.

Pero lo que siempre me fascinó y aún lo sigue haciendo, y no sólo de esta película, también de casi toda la filmografía de los Coen, es el poco, el nulo afecto que éstos parecen sentir por sus personajes. Algo así como el reverso palurdo y cruel de Tim Burton. Bien es sabido que la filmografía de éste está repleta de adorables monstruos mientras que las de nuestros queridos hermanos es toda una galería de mentecatos grotescos a los que uno sólo puede imaginar como el cargante memo de una reunión de vecinos cualquiera. Por eso, cuando en la memorable escena final, una embarazadísima McDormand afirma sin titubear, ante su marido, que “no podrían irnos mejor las cosas”, no te queda más que aplaudir con una sonrisa de oreja a oreja ante la despiadada y quirúrgica precisión con la que estos dos hermanos de Minneapolis han retratado la insustancial felicidad de algunas vidas.  


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