martes, 28 de enero de 2014

Uno de los clichés más manidos acerca de la relación entre el cine y la literatura es aquel que presupone que el libro siempre es mejor que la película. A cuenta de ello me he visto envuelto en más de una discusión en la que siempre he defendido, cada vez con menos paciencia porque la edad me está quitando las ganas de polemizar, que es ésta una norma con demasiadas excepciones como para ser siquiera considerada como tal. El libro es mejor que la película… menos cuando no lo es. Así de sencillo.

Ejemplos de doble sentido hay tantos como uno quiera encontrar. A menudo encuentras libros fantásticos convertidos en mediocres películas (especialmente sangrantes me parecen todas las adaptaciones que se han hecho de El conde de Montecristo, por ejemplo), libros mediocres que se habrían perdido en la larga noche de los tiempos si una versión cinematográfica no los hubiese sacado del anonimato (seamos sinceros ¿cuántos de nosotros habríamos oído hablar a estas alturas de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? si no fuese por Blade runner?) y en muchos casos la discusión se traslada a si el libro es mejor que la película, léase El señor de los anillos de Tolkien contra el de Peter Jackson, por ejemplo.

Hay un caso, probablemente el más común y curiosamente el menos celebrado, que es cuando grandes libros inspiran películas enormes, inmortales. Como El Padrino de Puzo inspiró al de Coppola. O como el Centauros del desierto de LeMay inspiró al de John Ford.

El capitán Ahab va al Lejano Oeste
No esperaba que fuese mejor que la película. Por la sencilla razón de que la película de John Ford es, probablemente, una de las mejores de la historia del cine y, eso sí, con certeza, uno de los tres o cuatro mejores Western jamás rodados. Y se han rodado muchos Westerns. Así que era imposible que si el libro tenía ese nivel hubiese pasado por debajo del radar de tanta gente hasta ahora.

Y sin embargo es un gran libro al que, como a los hijos de los grandes deportistas, le ahoga la comparación con sus mayores pero que si uno logra descontextualizar puede apreciar en su verdadera dimensión. 

También es cierto que éste era mi primer acercamiento al Western escrito. Nunca antes había leído nada de este tipo de literatura. Y creo que fue eso lo que me lastró en las primeras páginas. Eso y, como decía antes, intentar sacarme de la cabeza las imágenes de la película de Ford. Así que al principio avancé penosamente, arrastrando mis pies por ese árido desierto de Texas que con tanta precisión y verosimilitud retrata LeMay. Tanta que puedes llegar a sentir el polvo en el paladar y la arena crujir bajos tus correosas botas.

Una vez que me acostumbré al paso que se imponía y que al mismo tiempo logré olvidarme de John Wayne, lo demás vino dado. Y hacia la mitad del libro, la historia comenzó a crecer y a adquirir una dimensión épica (en el prólogo del libro se compara al Amos de LeMay con el Ahab de Melville y me parece ésta una comparación si bien excesiva en su trascendencia y profundidad psicológica, bastante acertada en su esencia. Cambias una ballena por unos indios y la inmensidad del océano por la del desierto –“Aquel territorio parecía extrañamente encantado; se podía viajar en un mismo punto todo el día sin avanzar ni un solo kilómetro. Uno podía partir por la mañana avistando un cerro con la cresta rota lejos a su izquierda, y al acampar al anochecer el mismo cerro con la cresta rota seguí estando allí, en el mismo lugar”.- y no hay demasiada diferencia) para acabar estallando en un tremendo y grandioso final que, atención: spoiler, poco tiene que ver con el ya mítico final de la película de Ford.

Bueno, sí tiene algo en común: cuando pasas la última página, y quién dice pasar la última página, dice quedarse parado en el umbral de la puerta, tienes la certeza de que has sido parte activa de toda la historia, que tú también has masticado polvo y dormido al calor de una fogata en mitad de la nada más absoluta durante demasiado tiempo. Por eso resoplas mientras eres incapaz de pensar que harás a partir de ahora, cual habrá de ser tu siguiente paso. 

Es lo que tienen las obsesiones cuando nos abandonan.

0 comentarios:

Publicar un comentario