Uno de los clichés más manidos
acerca de la relación entre el cine y la literatura es aquel que presupone que el libro siempre es mejor que la película.
A cuenta de ello me he visto envuelto en más de una discusión en la que siempre
he defendido, cada vez con menos paciencia porque la edad me está quitando las
ganas de polemizar, que es ésta una norma con demasiadas excepciones como para ser
siquiera considerada como tal. El libro es
mejor que la película… menos cuando no lo es. Así de sencillo.
Ejemplos de doble sentido hay tantos como uno
quiera encontrar. A menudo encuentras libros
fantásticos convertidos en mediocres películas (especialmente sangrantes me
parecen todas las adaptaciones que se han hecho de El conde de Montecristo, por ejemplo), libros mediocres
que se habrían perdido en la larga noche de los tiempos si una versión
cinematográfica no los hubiese sacado del anonimato (seamos sinceros ¿cuántos
de nosotros habríamos oído hablar a estas alturas de ¿Sueñan
los androides con ovejas eléctricas? si no fuese por Blade runner?) y en muchos casos la discusión se traslada a si el libro es mejor que la película, léase El señor de los anillos de Tolkien
contra el de Peter Jackson, por ejemplo.
Hay un caso, probablemente el
más común y curiosamente el menos celebrado, que es cuando grandes libros
inspiran películas enormes, inmortales. Como El Padrino de Puzo inspiró al de Coppola. O como el Centauros del desierto de LeMay inspiró
al de John Ford.
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| El capitán Ahab va al Lejano Oeste |
No esperaba que fuese mejor que
la película. Por la sencilla razón de que la película de John Ford es,
probablemente, una de las mejores de la historia del cine y, eso sí, con certeza,
uno de los tres o cuatro mejores Western jamás rodados. Y se han rodado muchos
Westerns. Así que era imposible que si el libro tenía ese nivel hubiese pasado
por debajo del radar de tanta gente hasta ahora.
Y sin embargo es un gran libro
al que, como a los hijos de los grandes deportistas, le ahoga la comparación
con sus mayores pero que si uno logra descontextualizar puede apreciar en su verdadera dimensión.
También es cierto que éste era
mi primer acercamiento al Western escrito. Nunca antes había leído nada de este
tipo de literatura. Y creo que fue eso lo que me lastró en las primeras
páginas. Eso y, como decía antes, intentar sacarme de la cabeza las imágenes de
la película de Ford. Así que al principio avancé penosamente, arrastrando mis
pies por ese árido desierto de Texas que con tanta precisión y verosimilitud
retrata LeMay. Tanta que puedes llegar a sentir el polvo en el paladar y la arena
crujir bajos tus correosas botas.
Una vez que me acostumbré al
paso que se imponía y que al mismo tiempo logré olvidarme de John Wayne, lo demás vino dado. Y hacia
la mitad del libro, la historia comenzó a crecer y a adquirir una dimensión
épica (en el prólogo del libro se compara al Amos de LeMay con el Ahab de
Melville y me parece ésta una comparación si bien excesiva en su trascendencia
y profundidad psicológica, bastante acertada en su esencia. Cambias una ballena
por unos indios y la inmensidad del océano por la del desierto –“Aquel territorio parecía extrañamente
encantado; se podía viajar en un mismo punto todo el día sin avanzar ni un solo
kilómetro. Uno podía partir por la mañana avistando un cerro con la cresta rota
lejos a su izquierda, y al acampar al anochecer el mismo cerro con la cresta
rota seguí estando allí, en el mismo lugar”.- y no hay demasiada
diferencia) para acabar estallando en un tremendo y grandioso final que,
atención: spoiler, poco tiene que ver
con el ya mítico final de la película de Ford.
Bueno, sí tiene algo en común: cuando pasas la última página, y quién dice pasar la última página, dice quedarse parado en el umbral de la puerta, tienes la certeza de que has sido parte activa de toda la historia, que tú también has masticado polvo y dormido al calor de una fogata en mitad de la nada más absoluta durante demasiado tiempo. Por eso resoplas mientras eres incapaz de pensar que harás a partir de ahora, cual habrá de ser tu siguiente paso.
Es lo que tienen las obsesiones cuando nos abandonan.

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