lunes, 20 de enero de 2014

Venía a decir Hitchcock, un tipo agudo como pocos aparte de un director genial, éste sí, algo así como que el punto de vista lo era todo. La cita no es textual, de ahí la ausencia de comillas, pero el espíritu tras sus palabras sí que era ese. Como cineasta, en general como creador, y desde luego como espectador, quizá no haya mayor desafío que ponerse en la piel de los mayores malvados de la Historia, del Villano Definitivo, esto es, de los Nazis. Esa es, justamente, la arriesgadísima apuesta, y más teniendo en cuenta que hablamos de una producción alemana, de Hijos del Tercer Reich, la penúltima joya de la corona de esta Era Dorada de las series de televisión: la II Guerra Mundial desde el punto de vista alemán. Nazi.

Heredera de la estética formal de Salvar al soldado Ryan o Hermanos de sangre (no tiene nada que envidiarles a ninguna de ellas) lo es temáticamente, sin embargo, más del pesimismo y el desencanto de todas esas películas que retratan el sinsentido de la Guerra de Vietnam. A mí, personalmente, me remitía continuamente a esa otra obra maestra que es El cazador, de la que, por cierto, hablaré en unos días.

Y es que ambas parecen estar nadando todo el rato en las turbias aguas de una misma angustia, de una duda mucho más que moral. Porque, qué hay de heroico, de honorable en la guerra, en cualquier guerra. Qué sentido tiene entregar los mejores años de tu vida a un propósito que nunca fue tuyo; dejar de lado, renunciar a todo lo que podrías haber amado por un destino que jamás elegiste y que nunca te pertenecerá. En cierto momento de la serie uno de los personajes dice que “Al comienzo de la guerra peleas por tu patria. Después, cuando comienzas a tener dudas, peleas por tus compañeros, que no quieres abandonar. ¿Pero qué pasa si no queda nadie más? Cuando estás solo. Cuando eres el único a quién le puedes mentir”. Quizá no haya que añadir más ¿verdad? Quizá no se pueda.

Cinco amigos, cinco historias distintas que, sin embargo, no dejan de ser la misma. Particularmente me quedo con la de los dos hermanos que acuden, uno convencido, el otro sólo reclutado, a luchar contra los soviéticos en el frente oriental. El viaje que hacen, al psicológico me refiero, me parece de una agudeza brutal, aterradora. Un viaje devastador al abismo que al final resulta ser uno mismo (“Tenías razón. La guerra sólo saca lo peor de nosotros”). Igual que el de Greta, la chica que anhela ser cantante, la cantante que querría ser tan frívola como sólo puede pretenderlo. Desolador. Más previsible, quizá por repetida, me parece la historia del amigo judío. Y un escalón más abajo en intensidad dramática y en profundidad psicológica, la de la enfermera. Pero Hijos del Tercer Reich es un ejemplo extremadamente gráfico de esa máxima de que, a menudo, el Todo es mucho más que la Suma de las Partes. Porque es en esos pequeños lazos entre las cinco historias que no dejan de ser otra cosa más que los pequeños lazos que nos unen a aquellos que nos rodean, donde la serie pasa de sobresaliente a Inmortal.

Cuando fuimos los mejores

Y al final, no quiero spoilear, no te queda más remedio que unirte a su terrible angustia, a su lacerante dolor, a su amarga incertidumbre por un futuro que ya no anhelarán jamás. Qué desde luego no fue lo que ellos soñaron. “Éramos cinco amigos. Éramos jóvenes y sabíamos que el futuro nos pertenecía. El mundo entero estaba a nuestros pies. Sólo teníamos que tomarlo” dice uno de ellos al principio de la serie. Sus palabras resuenan tiempo después como el eco de una maldición. Así que simplemente levantas tu copa con ellos y brindas por todo lo perdido. Aunque fueran nazis.

Es la magia del cine.

Y es que el punto de vista lo es todo. 

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