Venía a decir Hitchcock, un
tipo agudo como pocos aparte de un director genial, éste sí, algo así como que el punto de vista lo era todo. La cita
no es textual, de ahí la ausencia de comillas, pero el espíritu tras sus
palabras sí que era ese. Como cineasta, en general como creador, y desde luego
como espectador, quizá no haya mayor desafío que ponerse en la piel de los
mayores malvados de la Historia, del Villano Definitivo, esto es, de los Nazis.
Esa es, justamente, la arriesgadísima apuesta, y más teniendo en cuenta que hablamos
de una producción alemana, de Hijos del
Tercer Reich, la penúltima joya de la corona de esta Era Dorada de las
series de televisión: la II Guerra Mundial desde el punto de vista alemán.
Nazi.
Heredera de la estética formal
de Salvar al soldado Ryan o Hermanos de sangre (no tiene nada que
envidiarles a ninguna de ellas) lo es temáticamente, sin embargo, más del
pesimismo y el desencanto de todas esas películas que retratan el sinsentido de
la Guerra de Vietnam. A mí, personalmente, me remitía continuamente a esa otra
obra maestra que es El cazador, de la
que, por cierto, hablaré en unos días.
Y es que ambas parecen estar nadando
todo el rato en las turbias aguas de una misma angustia, de una duda mucho más
que moral. Porque, qué hay de heroico, de honorable en la guerra, en cualquier
guerra. Qué sentido tiene entregar los mejores años de tu vida a un propósito
que nunca fue tuyo; dejar de lado, renunciar a todo lo que podrías haber amado
por un destino que jamás elegiste y que nunca te pertenecerá. En cierto momento
de la serie uno de los personajes dice que “Al
comienzo de la guerra peleas por tu patria. Después, cuando comienzas a tener
dudas, peleas por tus compañeros, que no quieres abandonar. ¿Pero qué pasa si
no queda nadie más? Cuando estás solo. Cuando eres el único a quién le puedes
mentir”. Quizá no haya que añadir más ¿verdad? Quizá no se pueda.
Cinco amigos, cinco historias
distintas que, sin embargo, no dejan de ser la misma. Particularmente me quedo
con la de los dos hermanos que acuden, uno convencido, el otro sólo reclutado,
a luchar contra los soviéticos en el frente oriental. El viaje que hacen, al
psicológico me refiero, me parece de una agudeza brutal, aterradora. Un viaje
devastador al abismo que al final resulta ser uno mismo (“Tenías razón. La guerra sólo saca lo peor de nosotros”). Igual
que el de Greta, la chica que anhela ser cantante, la cantante que querría ser
tan frívola como sólo puede pretenderlo. Desolador. Más previsible, quizá por
repetida, me parece la historia del amigo judío. Y un escalón más abajo en
intensidad dramática y en profundidad psicológica, la de la enfermera. Pero Hijos del Tercer Reich es un ejemplo
extremadamente gráfico de esa máxima de que, a menudo, el Todo es mucho más que
la Suma de las Partes. Porque es en esos pequeños lazos entre las cinco
historias que no dejan de ser otra cosa más que los pequeños lazos que nos unen
a aquellos que nos rodean, donde la serie pasa de sobresaliente a Inmortal.
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| Cuando fuimos los mejores |
Y al final, no quiero spoilear,
no te queda más remedio que unirte a su terrible angustia, a su lacerante dolor,
a su amarga incertidumbre por un futuro que ya no anhelarán jamás. Qué desde
luego no fue lo que ellos soñaron. “Éramos
cinco amigos. Éramos jóvenes y sabíamos que el futuro nos pertenecía. El mundo
entero estaba a nuestros pies. Sólo teníamos que tomarlo” dice uno de ellos
al principio de la serie. Sus palabras resuenan tiempo después como el eco de
una maldición. Así que simplemente levantas tu copa con ellos y brindas por todo lo perdido.
Aunque fueran nazis.
Es la magia del cine.
Y es que el punto de vista lo es todo.

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