lunes, 27 de enero de 2014

Las 200 de Cinemanía: 118 - Los siete samuráis (1954). Akira Kurosawa

A las películas, como a los libros o las canciones, como a los amigos y, en definitiva, como todo a lo que se llega a querer en la vida, se les pueden perdonar las carencias, se puede mirar para otro lado haciendo como que no se ha visto nada ante los más o menos justificables errores. Porque en definitiva, a las películas, como a los libros o las canciones, como a los amigos y a todas las cosas que uno llega a querer en su vida, una de las pocas cosas que no se les puede permitir es que no te hagan sentir nada.

Los siete samuráis es una gran película, nunca afirmaré lo contrario. Pero me dejó frío. Completamente indiferente. Suele pasarme a menudo, ya lo conté al hablar de Los 400 golpes, que me desconcierta el criterio, el rigor diría yo, con el que normalmente se reparten certificados de maestría a la hora de calificar ciertas películas.

En el caso de Los siete samuráis, y dado que ya han pasado unas semanas desde que la vi, he aprovechado este tiempo para leer numerosas críticas y comentarios por si había algo que se me escapaba. En casi todas estas críticas se ensalzaba sus indudables virtudes pero, curiosamente, se ignoraba masivamente sus igualmente palmarios defectos. Y como dudo mucho que mi ojo sea más agudo que el del resto de observadores, intuyo, de nuevo, cierto postureo tras estas críticas (muy sintomático de esto último me parece que prácticamente en todas las críticas donde se loa no ya esta película, sino al propio Kurosawa, aparezca la palabra “Maestro” delante de su apellido. Hasta donde yo sé, se llamaba Akira ¿verdad?).

La más evidente de todas estas carencias, o al menos la más comentada, es su excesivo metraje: ¡205 minutos! Y no porque tres horas y medias sean, per se, una duración excesiva para una película. Pero sí es, cuando menos, una apuesta arriesgada. Porque cuando apuestas por dilatar tanto la narración has de ser extremadamente cuidadoso con el ritmo. Y es aquí donde el “Maestro” cojea como un lisiado y consigue que los 205 minutos se vuelvan eternos. La película, por tanto, adolece de un sentido del ritmo que se antoja más que imprescindible para hacer llevadera su extensísima duración. 

"Hi ho, hi ho, al campo a trabajar..."
Por otro lado, y admito que quizás esto sea “culpa” de mi inherente rechazo inicial a lo japonés, la identificación con los protagonistas, con sus afligidas y atribuladas existencias es escasa. Kurosawa no consigue en ningún momento que ese grupo de campesinos despierten en mí la más mínima simpatía, nunca me llega a importar lo más mínimo si los ladrones arrasan el poblado y lo dejan como un erial o si por el contrario son estos los masacrados. No me pongo de parte de nadie. Ni siquiera de esos estereotipados e insustanciales samuráis. En este sentido creo que la historia no funciona ni como metáfora, una virtud ésta muy de mi gusto y que si encuentro, por ejemplo, en su versión americana, la también legendaria Los siete magníficos, de Sturges.

Llegados a este punto no me extiendo más, que las críticas también corren el riesgo de ser tan plomizas (o más) como las propias películas, sólo me queda por decir que puede que el amigo Kurosawa fuera realmente un Maestro en algún arte, incluso en algunos aspectos relacionados con el cine. Si ésta es su Obra Cumbre entonces no creo que lo sea en el de contar historias. O no al menos para mí.



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