Las 200 de Cinemanía: 118 - Los siete samuráis (1954). Akira Kurosawa
A las películas, como a los libros o las canciones, como a los amigos y, en definitiva, como todo a lo que se llega a querer en la vida, se les pueden perdonar las carencias, se puede mirar para otro lado haciendo como que no se ha visto nada ante los más o menos justificables errores. Porque en definitiva, a las películas, como a los libros o las canciones, como a los amigos y a todas las cosas que uno llega a querer en su vida, una de las pocas cosas que no se les puede permitir es que no te hagan sentir nada.
A las películas, como a los libros o las canciones, como a los amigos y, en definitiva, como todo a lo que se llega a querer en la vida, se les pueden perdonar las carencias, se puede mirar para otro lado haciendo como que no se ha visto nada ante los más o menos justificables errores. Porque en definitiva, a las películas, como a los libros o las canciones, como a los amigos y a todas las cosas que uno llega a querer en su vida, una de las pocas cosas que no se les puede permitir es que no te hagan sentir nada.
Los
siete samuráis es una gran película, nunca afirmaré lo contrario.
Pero me dejó frío. Completamente indiferente. Suele pasarme a menudo, ya lo conté al hablar
de Los 400 golpes, que me
desconcierta el criterio, el rigor diría yo, con el que normalmente se reparten
certificados de maestría a la hora de calificar ciertas películas.
En el caso de Los siete samuráis, y dado que ya han
pasado unas semanas desde que la vi, he aprovechado este tiempo para leer numerosas críticas
y comentarios por si había algo que se me escapaba. En casi todas estas críticas se ensalzaba
sus indudables virtudes pero, curiosamente, se ignoraba masivamente sus
igualmente palmarios defectos. Y como dudo mucho que mi ojo sea más agudo que
el del resto de observadores, intuyo, de nuevo, cierto postureo tras estas críticas (muy
sintomático de esto último me parece que prácticamente en todas las críticas
donde se loa no ya esta película, sino al propio Kurosawa, aparezca la palabra “Maestro”
delante de su apellido. Hasta donde yo sé, se llamaba Akira ¿verdad?).
La más evidente de todas estas carencias,
o al menos la más comentada, es su excesivo metraje: ¡205 minutos! Y no porque
tres horas y medias sean, per se, una
duración excesiva para una película. Pero sí es, cuando menos, una apuesta arriesgada.
Porque cuando apuestas por dilatar tanto la narración has de ser extremadamente
cuidadoso con el ritmo. Y es aquí donde el “Maestro” cojea como un lisiado y
consigue que los 205 minutos se vuelvan eternos. La película, por tanto,
adolece de un sentido del ritmo que se antoja más que imprescindible para hacer
llevadera su extensísima duración.
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| "Hi ho, hi ho, al campo a trabajar..." |
Por otro lado, y admito que quizás
esto sea “culpa” de mi inherente rechazo inicial a lo japonés, la identificación con los protagonistas, con sus
afligidas y atribuladas existencias es escasa. Kurosawa no consigue en ningún
momento que ese grupo de campesinos despierten en mí la más mínima simpatía,
nunca me llega a importar lo más mínimo si los ladrones arrasan el poblado y lo dejan como un erial o si por
el contrario son estos los masacrados. No me pongo de parte de nadie. Ni
siquiera de esos estereotipados e insustanciales samuráis. En este sentido
creo que la historia no funciona ni como metáfora, una virtud ésta muy de mi
gusto y que si encuentro, por ejemplo, en su versión americana, la también legendaria
Los siete magníficos, de Sturges.
Llegados a este punto no me
extiendo más, que las críticas también corren el riesgo de ser tan plomizas (o
más) como las propias películas, sólo me queda por decir que puede que el amigo
Kurosawa fuera realmente un Maestro en algún arte, incluso en algunos aspectos
relacionados con el cine. Si ésta es su Obra Cumbre entonces no creo que lo sea en el de contar historias. O no al menos para
mí.

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