martes, 14 de enero de 2014

119 - EL VIAJE DE CHIHIRO (2001). Hayao Miyazaki

Hablaba en la entrada dedicada a Fargo sobre lo poco que me importan ciertas convenciones pseudoculturales. Bueno, mentí un poco, o no dije toda la verdad que no sé si es lo mismo pero se parece.  Porque las convenciones que no me importan son las de los demás pero a las mías aún les tengo cierto respeto. Y digo cierto porque nada debe de haber tan enriquecedor al mismo tiempo que turbador que descubrir que, a veces, y sólo a veces, tú también no dejas de ser más que otro idiota prejuicioso.

Yo hace tiempo que lo descubrí, lo de que soy idiota, digo. Fue poco a poco, eso sí, para que doliese menos supongo. Pero desde que tuve conciencia de los sangrantes límites que me estaba imponiendo mi propia imbecilidad, dejé de otorgarle a mi criterio naturaleza de dogma de fe. Si no lo hubiera hecho, no me habría sentado jamás, como sí hice hace unas pocas noches, a ver El viaje de Chihiro. Japonesa y venerada por cierto público del que sospecho más que de un concejal socialista, tenía todas las papeletas para no gustarme. De hecho, voy a reconocerlo: quería que no me gustase. Quería comprobar que era un engendro de película, una presuntuosidad necia e insustancial que sólo podía deleitar a espíritus tan pobres como pretenciosos. Quería detestarla y usarla para aporrearles con mi odio.

Y sin embargo mi precioso castillo de arena había sido barrido por las olas apenas media hora después de haberme sentado delante de la pantalla. Es lo que tiene el cine, que se lleva tus prejuicios con la fuerza de un tsunami a nada que te descuides. Y yo me descuidé, vaya si me descuidé. O a lo mejor es que no soy tan idiota.

Formalmente la película no innova gran cosa. Se limita a recorrer la senda que otros transitaron antes. Eso sí, con extremado rigor y precisión. No hay nada de la atolondrada animación de la mayoría de las series japonesas. Aquí todos los detalles están cuidados al máximo, tanto que rezuma una naturalidad que puede llegar a hacer olvidar que estás viendo dibujos animados. Es tan perfecta como pueda llegar a serlo una película de animación.

"Mamá, mira lo que he encontrado en el parque"
Es en la historia que cuenta donde la película se vuelve grande, donde alcanza su enorme dimensión, la consideración de Clásico atemporal. Porque una vez que Chihiro se baja con sus padres del coche y se adentra en ese extraño mundo, una vez que la pequeña se queda sola y emprende su viaje para salvar a sus padres del hechizo que los mantiene convertidos en cerdos, también comienza el viaje del espectador por un mundo donde todas las reglas del mundo real han sido subvertidas, anuladas. Ignoradas. Es un despliegue de imaginación tal que no queda más remedio que rendirse y dejarse arrastrar también tras los pasos de la pequeña Chihiro. 

De las múltiples lecturas que su subtexto ha generado poco voy a decir. ¿Crítica al consumismo? ¿Lección moral? Puede ser, quién sabe, quizá sólo se trate de un cuento con el que hacer pasar un rato agradable al espectador. Eso sí, por ponerle una pega, la trama, perfectamente construida, queda ligeramente lastrada hacia la mitad de la película, donde el ritmo decae algo y la historia se vuelve algo farragosa, espesa. Nada que dure para siempre pues en seguida recupera el pulso y remonta el vuelo. Su armonioso y grácil vuelo. Como el de un pequeño dragón gris, por ejemplo.

Para acabar una anécdota: en 2002 fue galardonada con el Oscar a la mejor película de animación. Miyazaki se negó a ir a recoger la merecida estatuilla en protesta por la Guerra de Irak. Minipunto para el viejo Hayao.


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