ASALTO EN WALL STREET –
Uwe Boll (2013)
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| Asoma la cabecita, Mariano, que vas a ver... |
Tan disparatada como necesaria.
Ya estaba tardando en aparecer una película así. Y es que Asalto en Wall street es, exactamente, lo que promete. De hecho
hasta el título (traducción literal del título americano en este caso) lleva
implícita una calculada dosis de spoiler.
La premisa no puede ser más simple: un tipo, un guarda de seguridad que, por
razones poco claras no puede ejercer de policía, ve como todo lo que tenía, su
trabajo, su patrimonio, su matrimonio… se esfuma. Y claro, aunque estamos hablando de una especie de Rambo urbano, de capítulo de El Equipo-A con ínfulas sociopolíticas, aquí ni
siquiera hace falta inventarse unos malos muy malos, que la realidad, ya se ha
dicho mil veces, supera a la ficción a nada que se ponga. Por lo tanto, poniendo
al otro lado del ring a esos arribistas sin escrúpulos que desencadenaron todo
este desastre de la crisis económica, ya tenemos la fiesta completa. Porque al tal
Jim, interpretado (sic) por Dominic Purcell, se le pone el muro en el cerebro,
que dirían Gomaespuma, y decide que va a solucionar esto como la haría un
verdadero macho-alfa, esto es, a mamporros. Y quién dice mamporros, dice tiros.
Así que, con esta breve sinopsis, uno ya se puede hacer idea de lo que se va a
encontrar ¿no? ¡Pues no! ¡Sorpresa! Mira tú por dónde que al amigo Uwe Boll le
debió de parecer que liarse a tiros a unos metros de la Zona Cero tenía que
estar más que argumentado para no herir sensibilidades así que opta por pasarse algo más de una hora
generando un ambiente donde al espectador no le quede el menor atisbo de
duda, el más insignificante conflicto moral sobre cuál es la única salida digna a todo el embrollo. El resultado es el
desconcierto más absoluto porque uno ya no sabe si está viendo una especie de dramón
lacrimógeno de mediodía o la mezcla imposible de Ken Loach y Chuck Norris, algo así como Pablo Iglesias puesto hasta arriba de esteroides. Lo dicho, un disparate muy necesario.
A PROPÓSITO DE LLEWYN DAVIS (2013). Joel Coen
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| New York mola pero tenía que haberme ido a Hawai a tocar el ukelele |
No sucede mucho pero de vez en cuando uno se encuentra con películas perfectamente facturadas, a las que resulta imposible sacarles un sólo defecto... salvo que no te gustan. Es el caso de este contenido drama en el que todo está en su sitio y sin embargo no consigo escuchar su latido, sentir algo de vida dentro. Alejándose de las señas de identidad de sus mejores películas (no hay rastro de ese humor negrísimo del que siempre han hecho gala, tampoco de ese desapego, casi repulsa hacia sus propios personajes que les lleva a ponerlos en situaciones extremadamente ridículas y crueles una y otra vez), los hermanos Coen firman aquí una película mucho más clásica, en el sentido más literal de la palabra. Tanto que, a medida que avanzaba, tenía cada vez más presente ese inmortal homenaje a los músicos de todo el mundo (esa es, de hecho, la dedicatoria) que es Bird, el biopic sobre Charlie Parker que firmó el más clásico de los directores actuales, Clint Eastwood. Pues bien, si ésta era, como ha quedado dicho, un homenaje a todos los músicos del mundo, la película de los Coen rinde tributo a todos los que lo intentaron y fracasaron, y no sólo en la música. A propósito de Llewyn Davis es una tierna, oscura y pesimista radiografía del fracaso, una ofrenda a todos aquellos que alguna vez lo dieron todo por intentar convertirse en artistas y, por los motivos que fuese, no lo lograron. Conmovedor ¿no? Pues debería, pero tampoco. Quizá sea que el personaje de Oscar Isaac resulta un tanto cargante, lo que impide que acabes empatizando con él, sintiendo la más mínima compasión y eso acabe sacándote, definitivamente, de la película. No lo sé. Ya digo que defectos, como tal, no soy capaz de encontrarle muchos. Quizás eso sea lo que llaman la magia del cine. O quizás es que, después de todo, lo que importa en el arte es crear algo con ese concepto tan difuso que es el alma.


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