domingo, 21 de septiembre de 2014

LA VIDA INESPERADA (2013). Jorge Torregrosa

Esto lo llamaremos "Cartel de Manhattan con primo gorrón"
Una de las trampas más letales, como individuos, que encierra la sociedad moderna es esa que viene a insinuar que la consecución de un sueño está directamente relacionada con el empeño que pongas en hacerlo realidad. Vamos, que sólo con currártelo es suficiente. Digo que es una trampa letal porque en realidad hay muchos factores que determinan que cualquier anhelo devenga en realidad, y algunos de ellos son exógenos. Así que dejémoslo en que sin empeño no se va a ningún lado. La segunda parte de la trampa es que esos sueños no cumplidos a menudo albergan frustraciones que uno arrastra toda la vida. Porque, queramos o no, el empeño tampoco garantiza el éxito. Y es de ese espacio, más o menos grande, entre el anhelo y la realidad, de lo que habla esta inesperada pequeña joyita del cine español. Y lo hace, además, rindiendo tributo a la ciudad más tramposa de todas, la que más fácil puede llegar a engatusarte, a hacerte creer que, efectivamente, todo es posible. Rinde tributo a la Nueva York de Woody Allen (cuidadito, "tributo", nada de plagio como han hecho tantas y tantas películas antes) y lo hace con ese tono agricómico berlangiano, tan de nuestro cine. Tan de estar riéndote una hora del drama más hondo para acabar concluyendo que en realidad sólo te ríes por no llorar. Sustentada en un eficaz y muy honesto guión de Elvira Lindo y en las magnificas interpretaciones de Javier Cámara y Raúl Arévalo (probablemente y junto a Luis Tosar, dos de mis actores españoles favoritos), la película fluye sin estridencias, sin que nada grandioso suceda, sin trampas argumentales ni giros injustificados. Es como asistir al relato de un fragmento en la vida de alguien. No es una película inolvidable, qué duda cabe, ni siquiera imprescindible. Pero si es una buena película que deja tras de sí el aroma de la historias sinceras. Esas a las que no les puedes recriminar nada que no le recrimines a tu propia vida.




CONTAGIO (2011). Steven Soderbergh

Ven, hija, creo que los yogures Hacendado están por aquí
Voy a empezar confesando algo que creo que ya he confesado antes: soy un gran fan de las pelis catastrofistas. Y cuanto más difusa sea la amenaza y mayor el grado de destrucción, mejor (sí, adoro a Roland Emmerich y sus días de mañana, no me avergüenza reconocerlo) así que, con estas premisas, es obvio que disfruto especialmente cuando una pandemia pone en jaque a la Humanidad. En el cine al menos. Dicho esto, me centro en Contagio, un estupendo thriller médico (hace unas semanas vapuleé bastante a Soderbergh por su tramposa Efectos secundarios, hoy le alabo sin pudor alguno por esta película) que reúne las mejores señas de identidad del género con un extenso y muy estelar reparto pero que eleva esos códigos varios niveles por encima de la media. Para empezar se aleja notablemente de la acción histérica y de los complots militares de otras míticas cintas hermanas, como Estallido. El efecto es devastador: la historia resulta infinitamente más creíble, lo que genera un clima cada vez más asfixiante (personalmente y sin spoilear demasiado, la muerte de dos de las estrellas principales del reparto, una en los primeros quince minutos, la otra hacia la mitad de la película, me parece todo un acierto pues contribuye a crear ese ambiente de "aquí nadie está a salvo"), como si algo dentro de nosotros nos susurrase: "es cine, sí... pero podría pasar". Por otro lado, se apoya en una historia coral, como no, una de las señas de identidad más recurrentes del género, pero no se empeña en entrelazar las historias mucho más allá de lo que verdaderamente pueden llegar a estar entrelazadas. No sé si era el objetivo pero el resultado es esa imagen global de "pandemia para todos" y de nuevo la desasosegante sensación de "es cine, sí... pero podría pasar". Por último, y aunque la película tiene más virtudes (y algún que otro defecto, la historia de Marion Cotillard, por ejemplo, es absolutamente prescindible), me encantó la historia de Jude Law, incluido el propio Jude Law. La reflexión sobre el papel de la información y sobre los límites de la libertad de prensa en tiempos de crisis es, cuando menos turbardora. Porque uno tiende a pensar que lo bueno, mejor dicho, lo correcto es que se sepa toda la verdad, ya sabéis, "la gente tiene derecho a saber". Bueno, pues a mí, por lo menos, me hizo dudar. Y que me hagan dudar, por si no lo he dicho ya también, es una de las cosas que más me gusta del cine.




GUERRA MUNDIAL Z (2013). Marc Forster

Y luego se quejan los españoles de la valla de Melilla...
Hay varias formas de enfrentarse a Guerra mundial Z, íntimamente ligadas todas ellas al tipo de espectador que uno es. En función de esta premisa, el resultado puede oscilar entre la irritación pura y dura y las ganas de levantarse en la platea, con un guante-dedo-numberone al grito de "¡USA, USA, USA!". Vamos, que la satisfacción depende, como casi siempre, más de las expectativas de uno mismo que del producto en sí. En mi caso, por ejemplo, esperaba encontrarme con una entretenida y muy frenética película mezcla de subgéneros (del apocalipsis zombie al catastrofismo puro y duro pasando por el thriller médico). De ahí que durante casi dos horas gozase como un niño en Disneylandia con el espectáculo. Porque Guerra mundial Z no da tregua desde que en el minuto 5, más o menos, los acontecimientos se precipitan con esa estruendosa y aparatosa escena en las calles de ¿Philadelphia? que por temprana resulta aún más desconcertante. Cierto es que tiene algunos momentos que rozan el sonrojo (la credibilidad de la historia se tambalea notablemente con todo el asunto del accidente aéreo y la trama familiar resulta de lo más endeble) pero el conjunto es más que convincente... si todo lo que uno espera es encontrarse una nueva revisión del mito zombie (¿o son infectados?), la Humanidad puesta contra las cuerdas por enésima vez, una leve pero mordaz metáfora del momento político actual y, por supuesto, en la era de las sagas, un final lo suficientemente abierto como para pensar que la última palabra no está dicha. Lo dicho, no es Noam Chomsky pero entretiene mucho más.


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