LA VIDA INESPERADA (2013). Jorge
Torregrosa
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| Esto lo llamaremos "Cartel de Manhattan con primo gorrón" |
Una de las trampas más letales, como individuos, que encierra
la sociedad moderna es esa que viene a insinuar que la consecución de un sueño
está directamente relacionada con el empeño que pongas en hacerlo realidad.
Vamos, que sólo con currártelo es suficiente. Digo
que es una trampa letal porque en realidad hay muchos factores que determinan
que cualquier anhelo devenga en realidad, y algunos de ellos son exógenos. Así
que dejémoslo en que sin empeño no se va a ningún lado. La segunda parte de la
trampa es que esos sueños no cumplidos a menudo albergan frustraciones que uno
arrastra toda la vida. Porque, queramos o no, el empeño tampoco garantiza el
éxito. Y es de ese espacio, más o menos grande, entre el anhelo y la realidad,
de lo que habla esta inesperada
pequeña joyita del cine español. Y lo hace, además, rindiendo tributo a la
ciudad más tramposa de todas, la que más fácil puede llegar a engatusarte, a
hacerte creer que, efectivamente, todo es posible. Rinde tributo a la Nueva
York de Woody Allen (cuidadito, "tributo", nada de plagio como han
hecho tantas y tantas películas antes) y lo hace con ese tono agricómico berlangiano, tan de nuestro cine. Tan de estar riéndote una hora del
drama más hondo para acabar concluyendo que en realidad sólo te ríes por no
llorar. Sustentada en un eficaz y muy honesto guión de Elvira Lindo y en las
magnificas interpretaciones de Javier Cámara y Raúl Arévalo (probablemente y
junto a Luis Tosar, dos de mis actores españoles favoritos), la película fluye
sin estridencias, sin que nada grandioso suceda, sin trampas argumentales ni
giros injustificados. Es como asistir al relato de un fragmento en la vida de
alguien. No es una película inolvidable, qué duda cabe, ni siquiera
imprescindible. Pero si es una buena película que deja tras de sí el aroma de
la historias sinceras. Esas a las que no les puedes recriminar nada que no le
recrimines a tu propia vida.
CONTAGIO (2011). Steven Soderbergh
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| Ven, hija, creo que los yogures Hacendado están por aquí |
Voy a empezar confesando algo que creo que ya he confesado
antes: soy un gran fan de las pelis catastrofistas. Y cuanto más difusa sea la
amenaza y mayor el grado de destrucción, mejor (sí, adoro a Roland Emmerich y
sus días de mañana, no me avergüenza
reconocerlo) así que, con estas premisas, es obvio que disfruto especialmente
cuando una pandemia pone en jaque a la Humanidad. En el cine al menos. Dicho
esto, me centro en Contagio, un
estupendo thriller médico (hace unas semanas vapuleé bastante a Soderbergh por
su tramposa Efectos secundarios, hoy
le alabo sin pudor alguno por esta película) que reúne las mejores señas de
identidad del género con un extenso y muy estelar reparto pero que eleva esos
códigos varios niveles por encima de la media. Para empezar se aleja
notablemente de la acción histérica y de los complots militares de otras
míticas cintas hermanas, como Estallido.
El efecto es devastador: la historia resulta infinitamente más creíble, lo que
genera un clima cada vez más asfixiante (personalmente y sin spoilear
demasiado, la muerte de dos de las estrellas principales del reparto, una en
los primeros quince minutos, la otra hacia la mitad de la película, me parece
todo un acierto pues contribuye a crear ese ambiente de "aquí nadie está a
salvo"), como si algo dentro de nosotros nos susurrase: "es cine,
sí... pero podría pasar". Por otro lado, se apoya en una historia coral,
como no, una de las señas de identidad más recurrentes del género, pero no se
empeña en entrelazar las historias mucho más allá de lo que verdaderamente
pueden llegar a estar entrelazadas. No sé si era el objetivo pero el resultado
es esa imagen global de "pandemia para todos" y de nuevo la
desasosegante sensación de "es cine, sí... pero podría pasar". Por
último, y aunque la película tiene más virtudes (y algún que otro defecto, la
historia de Marion Cotillard, por ejemplo, es absolutamente prescindible), me
encantó la historia de Jude Law, incluido el propio Jude Law. La reflexión
sobre el papel de la información y sobre los límites de la libertad de prensa
en tiempos de crisis es, cuando menos turbardora. Porque uno tiende a pensar
que lo bueno, mejor dicho, lo correcto es que se sepa toda la verdad, ya
sabéis, "la gente tiene derecho a saber". Bueno, pues a mí, por lo
menos, me hizo dudar. Y que me hagan dudar, por si no lo he dicho ya también,
es una de las cosas que más me gusta del cine.
GUERRA MUNDIAL Z (2013). Marc
Forster
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| Y luego se quejan los españoles de la valla de Melilla... |
Hay varias formas de enfrentarse a Guerra mundial Z, íntimamente ligadas todas ellas al tipo de
espectador que uno es. En función de esta premisa, el resultado puede oscilar
entre la irritación pura y dura y las ganas de levantarse en la platea, con un guante-dedo-numberone al grito de "¡USA, USA, USA!". Vamos, que la
satisfacción depende, como casi siempre, más de las expectativas de uno mismo
que del producto en sí. En mi caso, por ejemplo, esperaba encontrarme con una
entretenida y muy frenética película mezcla de subgéneros (del apocalipsis
zombie al catastrofismo puro y duro pasando por el thriller médico). De ahí que
durante casi dos horas gozase como un niño en Disneylandia con el espectáculo.
Porque Guerra mundial Z no da tregua
desde que en el minuto 5, más o menos, los acontecimientos se precipitan con
esa estruendosa y aparatosa escena en las calles de ¿Philadelphia? que por
temprana resulta aún más desconcertante. Cierto es que tiene algunos momentos
que rozan el sonrojo (la credibilidad de la historia se tambalea notablemente
con todo el asunto del accidente aéreo y la trama familiar resulta de lo más
endeble) pero el conjunto es más que convincente... si todo lo que uno espera
es encontrarse una nueva revisión del mito zombie (¿o son infectados?), la
Humanidad puesta contra las cuerdas por enésima vez, una leve pero mordaz
metáfora del momento político actual y, por supuesto, en la era de las sagas,
un final lo suficientemente abierto como para pensar que la última palabra no
está dicha. Lo dicho, no es Noam Chomsky pero entretiene mucho más.



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