viernes, 19 de septiembre de 2014

A Muñoz Molina le tengo desde hace tiempo, creo que desde que leí por primera vez El invierno en Lisboa, en mi particular altar de los escritores españoles del siglo XX. Él, Martín Gaite y a ratos, Ray Loriga (algún día tengo que hablar largo y tendido de como creo yo que han envejecido las novelas de Loriga, por cierto). El caso es que después de más de media docena de títulos en los que nunca me he sentido decepcionado, me quedaba pendiente la lectura de una de sus novelas más famosas y reconocidas. Ahora entiendo el porqué. 

El jinete polaco es un libro monumental, extraordinario en casi todos los aspectos a considerar. Como en casi todos los libros del jiennense, el ritmo es lento, tanto por la densidad de su prosa como por el tiempo que se toma en presentar personajes, situaciones, lugares, etc... Esto, que podría considerarse, en cierta manera, un defecto, deviene con el pasar de las páginas en virtud. Y es que esa cadencia sirve para consolidar tanto los perfiles psicológicos de los personajes como la identificación con un tiempo y un lugar que, por fuerza, habría de resultarnos extraño. Así que, pasado ese farragoso andar inicial, uno acaba creyendo que ha paseado de verdad por las imaginarias calles de Mágina de finales del XIX tanto como por las frías y húmedas aceras de la Nueva York de finales del XX, que ha conocido de verdad a Ramiro Retratista, al comandante Galaz. Que se ha enamorado de verdad de una pelirroja llamada Nadia a la que ya no soporta tener tan lejos. Y es que la precisión y la agudeza de Muñoz Molina a la hora de describir situaciones comunes, de identificar y plasmar los pensamientos más brumosos y ambiguos que a todos se nos pasan por la cabeza sin ser capaz de concretarlos, son de tal magnitud que obliga a la relectura, no una ni dos, sino varias veces, de pasajes enteros ("Lo más increíble no es morir, sino que a la mañana siguiente ilumine las calles el mismo sol de invierno de todos los días y circulen los coches y la gente desayune en los bares como si quien lo miraba todo aún existiera, como si ellos fuesen inmunes a la muerte"). 

Son todos estos que comento, rasgos definitorios no ya de El jinete polaco sino de la mayoría de sus obras. Por lo menos con algunas de las más celebradas, como El invierno en Lisboa, La noche de los tiempos o, en menor medida, El viento en la luna. Pero en ésta, creo que en mayor medida que las anteriores, hay un rasgo que la convierte, si cabe, en una novela superior. Y es su apoteósico final. Las últimas 100 páginas son de una belleza, de un lirismo y de una magia absolutamente conmovedora. Sí, ya lo he dicho al principio, pero lo repito: es una novela extraordinaria. Imprescindible.


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