sábado, 9 de agosto de 2014

LA VIDA SECRETA DE WALTER MITTY  (2013). Ben Stiller

Ir a currar en agosto: ese reto
Tiene la extraña cualidad de estar llena de imperfecciones y, aún así, conseguir que la quieras, que te guste. Porque no nos engañemos, se mueve tan cerca de esa fina barrera que separa la emotividad de la más pura sensiblería que a veces resulta algo inevitable que caiga del lado equivocado. Y aunque es verdad que resulta algo insólita, algo desconcertante, lo es de una manera que, pasados los primeros veinte minutos y acostumbrados ya a su original discurso, el estupor deviene en cierta previsibilidad. Incluso en algunos momentos alguien podrá decir que es simplemente una obra hecha por Ben Stiller a mayor gloria de Ben Stiller, esto es, una especie de vehículo de lucimiento personal, vaya. Y aunque no es una locura afirmar tal caso y a pesar de todos estos discutibles defectos, o quizás incluso gracias a ellos, la película tiene un punto de ternura y otro de aventura muy conseguidos, tiene un contenido y muy medido exceso fantasioso e igual sucede con lo cómico, donde se agradece que Stiller no haya pretendido apropiarse de la función a base de chistes tontorrones y escatológicos, sino que es en sus situaciones a menudo delirantes donde reside la “gracia” de la película. De todas formas no es una película para reír a carcajadas y sí es muy probable que a uno se le instale una sonrisilla de medio lado al inicio y no se le borre el resto del metraje. Porque La vida secreta de Walter Mitty es, en definitiva, un cuento, una fantasía de esas que nos contamos, nos creemos o hasta vivimos en primera persona, depende de lo imprudente que se levante uno, para sobrellevar lo mejor posible el hastío, la monotonía de nuestras propias vidas. No es una gran peli, como decía antes, pero sí una peli bastante necesaria.




EFECTOS SECUNDARIOS  (2013). Steven Soderbergh

Qué no, pesado, qué no trabajo en una gestoría de Alcorcón...
A base de ver películas, mejor dicho, de disfrutar películas, y también a base de hacerme mayor y comprender que las cosas por las que merece la pena indignarse cada vez son menos, uno ha desarrollado cierta tolerancia al cine malo, o por lo menos, al cine mediocre. Así, hay muchos pecados que estoy dispuesto a pasar por alto si el resultado final es que durante dos horas he estado más o menos entretenido. Ahora bien, lo que sigo sin ser capaz de asimilar es cuando estoy frente a una película “tramposa”. Qué sí, que está muy bien eso de hacer parecer una cosa y que luego, ¡tachán! sin saber muy bien porqué, de repente sea otra y así dejar al espectador pegado en el asiento. Pero una cosa es hacer unos simples trucos de trilero y otra hacer trampas, así, directamente. Y aquí, el amigo Soderbergh, a quién tengo por un director más eficaz que brillante, ha hecho un auténtico alarde fulleresco. Porque durante una hora aproximadamente ha llevado la película en una dirección para, de repente y sin mucha justificación, dar un volantazo y, con un brusco (y notoriamente torpe) giro de guión, lo que parecía un auténtico y muy trabajado alegato contra las multinacionales farmacéuticas en forma de thriller médico, se vuelve tan solo un telefilme vulgar y corriente, ramplón (no especifico género para no marcarme un sonoro spoiler). Así, todo el buen trabajo realizado hasta entonces, tanto por el propio Soderbergh (más allá de ser tramposa, la película tiene algunos detalles salvables, sobre todo en lo relativo a la puesta en escena y al ritmo y la claustrofóbica ambientación de la primera media hora sobre todo) como por los actores (bastante correcto Jude Law, extraordinaria Rooney Mara), se va por el desagüe. Por lo menos para quién, como yo, de lo poco que no soporta del cine, es que le tomen por tonto.




ENEMY  (2013). Denis Villeneuve

-Si nos dan el Oscar, me lo quedo yo
-Como no sea a la barba mejor cuidada...
Me equivocaba en el comentario de la anterior película. Hay una cosa más del cine que no soporto aparte de que me tomen por tonto. De hecho es un rasgo que no suelo soportar en ningún aspecto de la vida. Me refiero ahora a la pretenciosidad. Y aquí, el director canadiense con apellido de campeón del mundo de Fórmula-1 destila tanta que la película parece más el pomposo ejercicio de final de carrera de un estudiante veinteañero con demasiadas ansias por hacerse notar a cualquier precio que la de un director que debutó en el medio hace ahora 20 años. He estado intentando encontrarle las virtudes pero me cuesta salvar algo. Si acaso, las interpretaciones femeninas, pero por salvar algo, ya digo (Jake Gyllenhaal está más impávido y anodino de lo que suele ser habitual en él... y ya es). El resto es un puro despropósito. Una puesta en escena y una fotografía de lo más artificiosa, sonrojante. Un ritmo tan plomizo como denso. Hasta la premisa de la que parte, encontrarte un día y por casualidad a alguien que es una especie de réplica exacta de uno mismo, se convierte en manos del canadiense en una sucesión de situaciones delirantemente estúpidas, ridículas, tan absurdas como su penoso final. Seguramente no sea la peor película de 2013 pero es muy probable que no haya otra capaz de irritarme más. Y ahora que lo pienso esta crítica también ha sufrido de exceso de pompa por mi parte porque podía haberme ahorrado toda esta diatriba con 4 palabras: Enemy es una puta mierda.




SNOWPIERCER -ROMPENIEVES-  (2013). Bong Joon-Ho

El Capitán América aka "Pablo Iglesias coge el tren"
Snowpiercer demuestra, una vez más, que la Ciencia-Ficción es uno de los géneros, sino el que más, que mayor sensibilidad demuestra a la hora de interpretar las angustias y tensiones de la sociedad en cada momento histórico para, partiendo de ahí, elaborar metáforas más o menos complejas, más o menos explícitas, más o menos precisas. El gran mérito de Snowpiercer en este sentido es no resultar demasiada compleja, resultar suficientemente explícita sin ser por ello obvia y dar de lleno en el centro neurálgico de todos nuestros tormentos post-crisis económica de 2008. Un tren interminablemente largo (la escena del tiroteo de vagón a vagón en la curva es todo un hallazgo) convertido en una alegoría perfecta de nuestro mundo: los desheredados en la cola, los poderosos en la cabecera; una revuelta que nace de la desesperación por no tener nada, porque todo te ha sido arrebatado para disfrute de "la casta"; el bien común por encima del interés individual... Snowpiercer no deja ninguna fibra revolucionaria intacta. Y para ello se sirve de un ritmo trepidante en el que cada minuto cuenta, en el que cada escena conduce inexorablemente a la siguiente como las puertas que comunican los vagones de un tren entre sí. En este aspecto, el coreano Joon-ho da toda una lección de conocimiento del oficio. Sin embargo, llegado cierto punto, la trama empieza a producir una casi imperceptible fatiga, justo cuando los vagones empiezan a parecerse demasiado entre sí. Y es que está muy bien lo de ir acercándose al poder a medida que pasas puertas pero se echa en falta algo más, una chispa de mala leche que termine de inclinar la balanza del lado de la más pura y dura fantasía revolucionaria. Por contra, la propuesta de Joon-ho (reconozco que no he leído el cómic de Rochette y Loeb así que no puedo juzgar su fidelidad) es, cuando menos turbadora. Y no me atrevo a ser más específico para no spoilear pero su final deja un agridulce sabor y una pregunta de lo más angustiosa resonando en nuestra cabeza: ¿y si realmente las cosas no pudiesen ser de otra manera? Lo dicho: aterradoramente real.




Las 200 de Cinemanía: 92 - EL VERDUGO (1963). Luis García Berlanga


No se me desmaye, hombre, que tiene usted que matar
En la España rancia y apolillada de la dictadura nacionalcatolicista de Franco, había dos maneras de hacer cine en libertad: una, yéndote a México; la otra, quedándote en el país y, desarrollando un finísimo y muy sutil sentido de la crítica, conseguir meterle un gol a la censura un día sí y otro también. Berlanga, que diez años antes ya los había dejado con el culo al aire frente al mundo entero con su majestuosa Bienvenido, Mister Marshall, vuelve a hacer de las suyas, junto a ese modesto genio que fue Rafael Azcona y se marca todo un alegato contra la pena de muerte que deja al pobre Tim Robbins y su Pena de muerte a la altura de un anuncio de detergente de los ochenta. Y lo hace como siempre lo hizo Berlanga, con el humor como escudo más que como bandera, con la risa como excusa. La fórmula, mil veces repetidas nunca dejó de funcionarle. Se trataba de revestir de simpática comedia lo que en realidad era un profundo desencanto con el país en el que vivía. Así, mientras que los focos de esta obra maestra se posan en Amadeo, el personaje interpretado por Nino Manfredi, Berlanga retrata, como quien no quiere la cosa, una sociedad podrida e hipócrita donde lo importante no es lo que haces, sino lo que pareces. Una sociedad que acepta de buen grado la pena de muerte en su día a día pero que repudia al verdugo como si de un apestoso criminal se tratase. Una sociedad rancia y mezquina que es feliz habitando en la ignorancia ¿os suena? Hasta que llega el final. Y como sucede en La vaquilla, bastan 2 minutos de película para que todo lo que han sido sonrisitas y diversión se transformen, también como quien no quiere la cosa, en una profunda congoja, en una estremecedora sensación de estar contemplando al ser humano en toda su miseria. En ese momento resulta tan turbadora la imagen que da pudor hasta mirar. Entonces, como al final de Bienvenido, Mister Marshall, como al final de La vaquilla, te dan ganas de llorar de vergüenza propia y ajena, al mismo tiempo que no puedes dejar de preguntarte "de qué cojones me he estado riendo yo". Y es que hay cosas que no tienen ni puta gracia. Por mucho que te las cuente Berlanga. 


0 comentarios:

Publicar un comentario