lunes, 21 de julio de 2014

Las 200 de Cinemanía: 93 - MANHATTAN (1979). Woody Allen

Acuérdate: cuando me muera, que me disequen en este banco

Si alguna vez Woody Allen ha estado cerca de ser el genio que algunos proclaman que es, una de esas ocasiones fue, sin duda, con esta extraordinaria comedia romántica que es, al mismo tiempo, un canto de amor a su ciudad. De hecho, sus primeros cinco minutos, uno de los mejores comienzos de película de la historia del cine, bien podrían servir como promo para la oficina de turismo de Nueva York... si Nueva York necesitase oficina de turismo que la promocionase. La genialidad de Allen reside, en gran parte, en hacer que unos personajes absolutamente insoportables, pretenciosos, snobs, inmaduros emocionalmente y aquejados de una verborrea insufrible nos resulten irresistiblemente adorables, únicos y entrañables. Es como la capacidad de los franceses para ser cursis y conseguir que ser cursi mole. Nadie es más cool que los personajes de Allen pero nadie más que él podría hacer que sonasen tan bien. Otro de los secretos del brillo eterno de esta película es, como no podía ser de otra manera tratándose de Allen, sus brillantísimos diálogos. Pero en esta ocasión están tan bien trabajados que no caen en ninguno de los pecados más habituales de este tipo de películas y en los que el propio Allen cayó en ocasiones años más tarde. Porque en Manhattan todo está en su justa medida, no hay excesos de chistes, no hay excesos de referencias cultas para engordar el ego del espectador, no hay excesos de nada. Y tampoco nada falta. Y es que, junto a Annie Hall, probablemente ésta sea la película mejor escrita de Allen. Si a eso le unimos unas interpretaciones más que acertadas, una fotografía memorable y, como ya decía antes, la presencia tan intangible como imprescindible, de Nueva York, el resultado no puede ser más que una obra maestra inmortal. Para el final me dejo una afirmación-duda menor: ¿es el cartel de Manhattan uno de los 10 mejores carteles de la historia del cine? Para mí y a falta de elaborar más la lista, sin duda.




TRANCE (2013). Danny Boyle

¿Penalty en La Condomina? Puto Guruceta...
Danny Boyle es uno de esos directores, que cada cual decida si son muchos, pocos, suficientes o demasiados; que se pirran por una puesta en escena molona, que apuestan en primer lugar y a menudo tan solo, por la estética, por la forma por encima del fondo. No es mal hábito, ya digo, que cada cual lo juzgue según su criterio. A mí, personalmente, sin embargo, sí me lo parece, por lo menos cuando lo fías todo a un envoltorio llamativo porque lo que tratas, en realidad, es esconder que dentro tampoco hay gran cosa. A Danny Boyle, director de Trance, le ha salido bien en ocasiones (Trainspotting, 28 días después...), en otras ha flirteado con el desastre pero finalmente ha salido bien parado (127 horas) y de vez en cuando ha metido la pata hasta el fondo. Como en esta ocasión. Y el pecado no es sólo fiarlo todo a esa estética videoclipera y supuestamente vanguardista, que va. En este caso, el error fundamental ha sido querer hacer una especie de versión "Hacendado" de Origen. Jugar a ser Nolan sin serlo. Si antes os decía, a propósito de Manhattan, que las historias de Woody Allen sólo las puede contar Woody Allen porque lo que en él resulta gracioso y divertido en otro resulta pretencioso e insufrible, con Nolan sucede tres cuartos de lo mismo. Así que el resultado, aquí, ha sido una película mucho más vacía de lo que aparenta, que no da para repensarla ni cinco minutos, con unos personajes que no emocionan, que no te implican (todo un mérito, pues tanto Rosario Dawson como Vincent Cassel están sobresalientes... aunque perdidos) y unos fuegos de artificio que esconden una gran nada. Eso sí, en lo que nunca falla el amigo Boyle es escogiendo banda sonora. Ahí la película si merece la pena. Pero para eso te llega con el iPod y Spotify.




LE WEEK-END (2013). Roger Michell

-No me puedo creer que no hayas traído un candado?
-No me puedo creer que leas a Federico Moccia
Los fans, entre los que me encuentro yo mismo, de la saga Antes de... protagonizada por los ubermolones Ethan Hawke y Julie Delpy y dirigida por Richard Linklater, estamos de enhorabuena: no tenemos que esperar 25-30 años para ver como nuestros tan queridos como pomposos personajes se adentran, como decía Paul Auster, en el invierno de su vida (mira, ese sería un buen título para la sexta o séptima entrega de la saga, allá por 2040 o 2045: Antes del invierno) ya que Roger Michell se ha tomado la molestia de coger la herencia de Linklater y, bajo una premisa y una puesta en escena muy similar (una pareja, paseos interminables por una fastuosa y amable ciudad centroeuropea, conversaciones que viajan de lo insustancial a lo trascendental con la naturalidad que sólo pueden hacerlo las conversaciones entre dos personas que se conocen sin reservas), presentarnos a un matrimonio de maduros profesores que, en un desesperado último intento, pretenden revitalizar su agotado matrimonio volviendo a la ciudad donde pasaron su luna de miel, la ciudad del amor y la luz. París. Y París, como sucede con Manhattan en las pelis de Woody Allen, acaba convirtiéndose en un personaje más de la función. Sobre todo en su primera parte (no lo había pensado hasta ahora pero me resulta curioso y algo poético como a medida que la trama va tomando un toque más intimista, más intenso, la ciudad va desapareciendo y casi todas las escenas pasan a desarrollarse en interiores). Pero no nos confundamos, que aunque la capital vecina sea importante, aquí los protagonistas son Nick y Megan, esa pareja que uno tiene la sensación de que es "todas las parejas", con su complicidad, su afecto pero también sus cuentas pendientes y sobre todo su desgaste, el erosivo efecto del paso del tiempo. Por eso y también porque no hay nada más británico, ambos personajes portan una carga de cinismo que a veces resulta cómica y puntualmente hiriente. Ese es uno de los mayores logros de la película, su difícil equilibrio entre la comedia y el drama. Lástima que hacia el final acaba flaqueando en su resolución, como si el director, poco convencido del derrotero que debe tomar, hubiese optado por refugiarse en una serie de lugares comunes que le hacen perder frescura, que tienen el insulso el sabor de la comida recalentada. Es ahí donde la película pasa de gran comedia romántica a simpática dramedia. Aún así, muy salvable pero, antes de acabar, un secreto: voy a seguir esperando con ansias a que Hawke y Delpy se nos hagan viejitos.



0 comentarios:

Publicar un comentario