Me voy a permitir una nota antes de pasar a comentar el
libro y el cómic que tengo para esta semana. Desde que recuerdo, quizá por
haber nacido en una familia de lectores compulsivos, siempre he escuchado
afirmaciones de dudoso rigor según las cuales un libro es, per se, mejor que
una película y por supuesto, que un cómic. De hecho, entre mucha gente existe
el prejuicio, la idea equivocada, de que el cómic es algo así como una lectura
menor, lo que leen los que no les gusta leer. Las dos lecturas que traigo esta
semana ilustran a la perfección hasta que punto esa supuesta superioridad
intelectual del libro sobre otras formas de narración no es más que una
estupidez superlativa fruto de la incultura del que, curiosamente, quiere hacer
alarde de la misma proclamando la supremacía de la novela. Nada más que eso quería decir...
EL SÍNDROME DE PINOCHO – David Zeman
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| El Presidente de los EEUU... ese títere |
Un libro, mejor dicho, una historia, tan
cinematográfica, que hasta sus defectos obedecen a los clásicos errores de este
tipo de películas. Empecemos por el punto de partida: estamos en algún momento
del futuro inmediatamente posterior al 11-S. No se especifica si es un par de
meses, dos años... pero el miedo a un nuevo ataque terrorista es latente entre la población americana. Así
las cosas, un crucero de estudiantes americanos sufre un ataque nuclear (sic) en mitad del océano. Lógicamente no queda vivo ni el apuntador. América tiembla. En
este contexto surge, por un lado, una epidemia de origen desconocido y con tufo a ataque terrorista con armas biológicas que
amenaza con acabar con medio EEUU y por otro, la figura del clásico
multimillonario de extrema derecha con ínfulas napoleónicas. Hasta ahí bien. A
partir de ahí... empiezan los problemas. No para la martirizada población
yanqui. No. Para el lector, más bien. Y aquí es cuando pasamos a los defectos.
Porque lo que se presenta, en sus primeras 100 páginas, quizá 150, como una
entretenida y muy adictiva trama conspiranoica termina derivando en un
disparate superlativo, donde todos los muy maquiavélicos e intrigantes juegos
de poder entre actores aparentemente opuestos pasan a un segundo plano en pos
de unos personajes secundarios que, por otra parte, resultan tremendamente
planos y contradictorios, con unas motivaciones de lo más cambiantes, como
encajados en la trama con calzador. Así nos encontramos con que la mayor y más
compleja conspiración que ha vivido el mundo civilizado desde el asesinato de
Julio César, queda en manos de una bloguera (sic), de una aspirante a primera dama
con menos carácter que un soldado francés de la Línea Maginot (sic sic) y un
agente federal del que nunca queda muy claro si manda mucho en la Agencia o sólo es
el que barre (sic sic sic). Total, que la historia que tanto prometía se acaba
despeñando de mala manera por los cauces ya no de lo convencional, ni siquiera
de lo obvio, sino de lo ridículo (ni siquiera era la salida más fácil, si acaso
la más hollywoodiense). Por eso su resolución es tan chapucera como inverosímil
(señores secuestradores del mundo, un consejo: no se mandan grabaciones donde
se escuche un aeropuerto cercano, ni siquiera una estación de trenes. ¿Es que
no han visto los técnicos de sonido tan listísimos que tiene el FBI? Les van a
pillar fijo. Y en menos de 24 horas). Lo dicho, un desperdicio de idea. Como
será que ni siquiera han hecho la peli...
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| El Horror era esto |
... y por enésima vez, me trago mis prejuicios y me
levanto para aplaudir una Obra Maestra. En este caso el objeto de mis
prejuicios eran unos tan aparentemente dispares como pueden serlo el manga
y el papel de la población civil japonesa en la II Guerra Mundial. Cierto que
las estupendas referencias que me habían llegado de este Adolf me
hacían ser cauteloso sobre mis apriorismos así que intenté mantener la mente abierta cuando empecé a leerlo. Más
de 1200 páginas después sólo puedo decir que es uno de los 5 o 6 mejores cómics
que he leído jamás. Bueno, puede que de los 3... o de los 10. ¡Qué sé yo!
Visualmente, estéticamente es mucho más amable de lo que esperaba encontrarme
y, sin ser el hiperdetallado dibujo de cómics como La Cosa Nostra,
si que tiene un dinamismo extraordinario, tanto que a veces tienes la certeza
de que has visto moverse a esos personajes como si de una cinta de dibujos
animados se tratase. Pero es en la narrativa, en la construcción de la
historia, en como se entremezclan todos, en como avanza la narración, en la
capacidad de generar empatía o antipatía a partir de las acciones que cada
personaje lleva a cabo, en el peso que cada uno de ellos tiene, en como los acontecimientos
históricos se mezclan con la narración ficticia hasta desembocar en ese épico, grandioso y demoledor final... en todos estos aspectos,
decía, es donde Adolf se eleva por encima de casi todo y se
convierte en la absoluta maravilla qué es. Una de las lecturas, y no hablo sólo
de cómics, más rica, más perfecta y más conmovedora que he tenido entre mis manos en bastante
tiempo. En definitiva, que no sé para que me enrollo tanto, si ya lo he dicho al principio:
UNA OBRA MAESTRA.
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