lunes, 16 de junio de 2014

Las 200 de Cinemanía: 94 - BEN-HUR (1959). William Wyler

Hubo un tiempo en que las superproducciones, lejos de caracterizarse por un abusivo uso de los efectos especiales y por el estruendo de una adrenalítica y desenfrenada acción, tenían a la Épica Histórica como una de sus mayores señas de identidad. Producciones como Los 10 Mandamientos, La historia más grande jamás contada, El Cid o esta cima del péplum que es Ben-Hur reventaban taquillas y festivales (Ben-Hur es, aún hoy y junto a Titanic, la película más oscarizada de la historia). Luego, la televisión se encargó de convertirlas en objeto de chascarrillo con su obsesión por reponerlas año si y año también en Semana Santa. Tanto que casi todo el mundo dirá haber visto Ben-Hur cuando lo cierto es que muchos de ellos nunca habrán logrado aguantar las casi 4 horas de metraje completas frente a la pantalla.

"Alonso, Ben-Hur is faster than you"
Y es éste, el de la duración excesiva, uno de sus principales lastres. Si bien, al desmenuzarla uno tiene la sensación de que no sobra nada, sí que queda, en perspectiva, la sensación de que no hacía falta tanto para contar esto. Por otro lado, las interpretaciones excesivamente pomposas, tan del gusto de la época, quedan hoy, 55 años después de su estreno, un poco desfasadas, anacrónicas. En este sentido no le ha sentado muy bien el paso del tiempo, sobre todo al amigo Heston, quien resulta de lo más relamido, como una especie de Kenneth Branagh borracho recitando a Otelo en una cena de empresa. Y para cerrar el tema de los defectos, ese giro opusino que toma hacia el final, con la incorporación a la trama de la crucifixión de Cristo, terminó por sacarme del todo de la historia y eso que convertir al amigo Judá Ben-Hur en coetáneo de Jesucristo me había parecido todo un acierto, ver como la presencia del Profeta afectaba a la gente de su tiempo. Pero esa especie de propaganda ultracatólica del final me dejó un mal sabor de boca.

Así que, salvados estas menudencias, las del excesivo metraje, las interpretaciones relamidas y el toque opusino, la película, como historia de aventuras, funciona a las mil maravillas. Las situaciones tensas y los puntos de giro se suceden con agilidad y precisión; la rivalidad creciente entre Mesala y Ben-Hur está más o menos justificada (gloriosa la escena en la que, siendo aún amigos, Mesala le pide a Ben-Hur que traicione a su pueblo y éste se niega convirtiendo este aparentemente inofensivo roce en la génesis del drama que esta por desencadenarse) y la escena de la carrera de cuadrigas merece un punto y aparte por su espectacularidad y su maestría a la hora de rodarla. Incluso por el realismo de los accidentes. Una maravilla. No obstante, William Wyler fue un director más que notable, con infinidad de registros, como demostró en películas tan sobresalientes como dispares como son La calumnia, Horizontes de grandeza o Vacaciones en Roma (por cierto, cualquiera de estas 3, para mi gusto, mucho mejores que ésta que nos ocupa).

En denifitiva, que Ben-Hur se disfruta más como espectáculo visual que otra cosa y es con esos ojos, creo yo, con los que hay que contemplarla. Total, algo tendrá porque 11 Oscars no te los regalan ¿o sí?



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