martes, 3 de junio de 2014

JACK RYAN: OPERACIÓN SOMBRA (2014). Kenneth Branagh

¿Está Putin? Qué se ponga. Se va a enterar este yanqui...
Un muy prometedor comienzo me hizo pensar que podía estar ante la típica peli de espías... pero mejor. A menudo, más de lo que debería, este género, como casi todo el que entronca de alguna manera con los muy complejos conflictos de la política internacional suelen flaquear por esa tendencia tan hollywodiense (creo que en realidad es un vicio de la sociedad nortemearicana) de personificar el Mal en alguien en concreto, esa necesidad de que el Terror sea una cara visible, alguien a quien perseguir, cazar y con ello, eliminar la Amenaza. Pero no. Pronto, casi en el momento en que hace su aparición Keira Knightley (otro de los vicios más comunes de las superproducciones es esa manía con tener que meter la historia de amor aunque sea con calzador, y eso que en esta ocasión está bastante mejor integrada en la trama de lo que suele ser norma), me di cuenta de que en realidad estaba ante la típica peli de espías... y ya: un Héroe, en este caso el trasunto empollón de Jason Bourne: un villano con un perfil psicológico más bien plano, por no decir inexistente y una trama que por un momento amenaza con ser una explosiva mezcla entre Syriana y cualquiera de estos filmes sobre la crisis económica que han aflorado en los últimos años, al estilo Margin call, pero que pronto se despeña por los cauces más convencionales del género hasta regalarnos un insulso y previsible final. En definitiva, nada que no hayamos visto antes y nada que vayamos a recordar mucho tiempo. Pero hay noches que esto es todo lo que apetece ¿verdad?




POMPEYA (2014). Paul W.S. Anderson

Mira que dejarme el abrigo en Invernalia...
A veces, y sólo a veces, uno se encuentra productos cinematográficos tan descaradamente bochornosos que sólo te queda sonreír, ponerte de pie y aplaudir el arrojo y la desfachatez de director, guionista, actores... No debe der ser fácil hacer algo tan mal y luego salir a la calle como si nada. Bueno, no es fácil salvo que seas concejal del PP. En el caso que nos ocupa, esta desquiciada revisión de la historia de Pompeya, lo que nos encontramos es una mezcla no ya de géneros, sino de referencias cinéfilas de distinto pelaje. De la historia de amor imposible ¿con final trágico? de Titanic a las megadestrucciones catastrofistas del cine de Roland Emmerich pasando por los gloriosos combates a espada y escudo de Gladiator (al menos se agradece que hayan desechado la idea de copiar algo de 300...). Y todo esto, por supuesto, sin poner el menor atisbo de amor en ello, sin la menor preocupación por cual será el resultado final. Así, la historia de amor, amistad y venganza resulta tan previsible como insulsa. La puesta en escena no supera un sketch de La hora chanante y cuando por fin llega la muerte y destrucción, uno ya no sabe si ha entrado en erupción un volcán, si los japos que iban a bombardear Pearl Harbor se han desviado de la ruta o si los polos se derritieron en el 79 d.C. y a Pompeya se la llevó por delante un tsunami antes de ser enterrada bajo toneladas de lava. Como colofón al despropósito una anécdota: nunca había visto partir por la mitad tantas espadas y menos en situaciones tan inverosímiles. En definitiva un supuesto espectáculo de luz y color... y ya. Esta vez, hasta el envoltorio era feo.




ROBOCOP (2014). José Padilha

Lo de las piernas vale ¿pero por qué tengo un aspirador en la cabeza?
Hay muchas razones para hacer un remake de algún clásico cinematográfico. Bueno, muchas no, pero sí varias. Y tampoco hace falta que sea un clásico en el sentido estricto de la palabra, basta con tener la intuición de que puedes sacarle algo de partido a una historia ya contada. A lo que voy, que uno puede querer hacer su propia versión de cualquier película por el motivo que sea. Hasta ahí, bien. El problema, creo yo, viene cuando esa revisión se vuelve absolutamente prescindible porque no aporta nada nuevo, no inventa nada que no estuviese ya en el original. Y sí, habéis acertado, esto es lo que pasa con este "Robocop 2.0", que no es mala... pero ya la hemos visto. Cualquier virtud que tenga ya estaba en el clásico, éste sí, de 1987 que dirigió Paul Verhoeven. Pierde un poco de chispa, de ingenio, como si el director no terminase de tener claro a qué carta apostar, si cine de autor o puro y duro blockbuster. Brilla, eso sí, por su notable reparto, en el que destacaría, muy a mi pesar, a Michael Keaton interpretando a ese trasunto militar de Steve Jobs y, por supuesto, al siempre inquietante Jackie Earle Haley (curiosamente los dos actores de más renombre, Samuel L. Jackson y Gary Oldman, pasan un poco de puntillas por la película, como sin querer molestar). Por lo demás, lo dicho, nada nuevo. La historia es previsible, en parte por obvia y en parte por sabida, y el supuesto clímax final bastante más soft que el mítico de Verhoeven. No tendrás la sensación de haber perdido el tiempo pero necesario, necesario... no era.




GODZILLA (2014). Gareth Edwards

Godzilla, cabeza de lista por los Verdes
Comentando más arriba, el remake de Robocop hablaba de lo poco necesarios, de lo intrascendentes que se vuelven algunas de estas revisiones, bien sea por el empeño en ser fiel al original, bien por pereza, bien por falta de imaginación. No es el caso que nos ocupa. Es ésta una revisión de la mítica historia de este monstruo japonés considerablemente mejor, por ejemplo, que la de Roland Emmerich (1998). El inicio es prometedor, con un par de curiosos e inesperados giros de guión ya en la primera media hora y una cierta paciencia para ir presentando a los personajes, para ir tejiendo los primeros hilos de la historia. Hasta ahora nada nuevo. Es más adelante, hacia la mitad de la película, cuando la sombra de uno de los males más comunes en este tipo de películas planea sobre ésta y hablo ahora de la tendencia a precipitarse hacia un final vulgar y apresurado, cuando la mano del director Gareth Edwards demuestra cierto pulso, cierta personalidad manteniendo la historia a un nivel más que aceptable hasta su relativamente poco predecible final. Cierto que los espectaculares efectos especiales ayudan bastante pero, al contrario de lo que sucede a menudo, en esta ocasión están al servicio de la historia y no al revés. Incluso su notable reparto, por cierto, mucho menos coral de lo que suelen marcar las convenciones del género catastrofista, parece estar igualmente al servicio de la historia de Dave Callaham y, salvo el testosterónico Aaron Johnson, el resto de actores desfilan por la película cumpliendo perfectamente con su papel manteniéndose al mismo tiempo lejos de los focos. En definitiva, un notable y honesto entretenimiento que cumple con todo lo que promete y que no pretende ser mucho más de lo que es (y ya es), por mucho que algunos hayan querido ver un sofisticado y críptico mensaje ecologista tras tanto monstruo y destrucción.



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