Voy a empezar este comentario
reconociendo 2 pecados. Uno: reconozco haber sido, durante muchos años, uno de
esos snobs que consideraban a Stephen King un escritor menor. Lo dudoso de esta
creencia no era la afirmación en sí misma, sobre la que se podría polemizar,
sino los argumentos en que se sustentaba, a saber, un escritor que le gusta a
tantísima gente y que encima es uno de los más prolíficos que recuerdo, no
puede ser bueno. Este ¿razonamiento? cuanto menos escribas y menos te lean, mejor eres (sic), se vuelve aún más endeble cuando encima mi
única experiencia con el amigo Stephen fue más que satisfactoria, eso sí, a los
14 años, que fue la edad a la que leí Cementerio de animales. El
segundo pecado que voy a reconocer es que me replanteé mi opinión acerca de él
gracias a una peli. ¿Basada en un libro suyo? Para nada, eso es lo curioso.
Hablo de Un invierno en la playa, una comedia indie y pseudoromántica al uso en la que uno de los
personajes hace toda una apología del valor de Stephen King como escritor. Y de
este libro, It, en concreto. Así que después de rebuscar en
internet una edición que fuese aceptable, logré hacerme, por 2€, con un
ejemplar en tapa dura publicado por Orbis Fabbri hace unos 2500 años. Una joya.
Y me lancé a la aventura de leerme las 1200 páginas de la que iba a ser, eso
creía, la historia más aterradora que habría leído desde , más o menos, Cementerio de
animales.
Y aquí viene la primera sorpresa. It no es una novela de terror. Mejor dicho, no es una novela aterradora. Sí, está
el famoso payaso de dientes afilados que ya forma parte del imaginario popular.
Y claro que hay momentos en los que el miedo, el horror se palpa. Pero son los
menos. Y es que Stephen King se vale de este horrible Ser para convertirlo en
la representación física del Miedo Humano, de todo lo que, como especie,
podemos llegar a temer, de ahí que a cada uno de los niños se le aparezca con
una forma distinta, la de aquello que más les aterra precisamente. A partir de
aquí, lo que el escritor americano propone realmente no es otra cosa más que una
reflexión sobre eso mismo, el Miedo, y sobre la forma de enfrentarnos a ellos y
sobre las consecuencias de no hacerlo. Así, encontramos a unos niños, bordeando
esa edad en la que estamos a punto de dejar la infancia definitivamente atrás
pero aún somos críos, que descubren que, cuando están juntos, son poco menos
que invencibles, ya sea su enemigo un ancestral monstruo de origen difuso o la
típica pandilla de matones del colegio. La unión hace la fuerza, así lo sienten.
En el otro
lado del ring, sin embargo, tenemos a la aparentemente tranquila comunidad de
Derry, el pueblo ficticio donde se sitúa la acción. Digo aparentemente porque
uno de los mayores aciertos de It, junto con el detallado retrato psicológico
de los chavales, creo que es la forma en la que Stephen King retrata ese "mal"
que anida bajo su suelo, en este caso de forma literal, y que no es otra cosa
que el Mal que lleva implícito cualquier sociedad y que, de no ser extirpado,
acabará por destruirlo. En realidad no es sólo la forma en que lo retrata,
también es lo que representa. Adultos que no son capaces de ver la sangre en
sus propias manos, que están
literalmente incapacitados para percibir el horror en el que llevan sumidos más
de dos siglos, es más, que han aprendido a convivir con ese horror como si
fuese el reverso inevitable de una moneda de dos caras. El alto precio que hay que
pagar simplemente por vivir. No quiero extenderme mucho más en este aspecto para no
destripar el verdadero nudo gordiano de una novela de la que, ya para acabar,
también me gustaría destacar su estructura. La historia avanza en dos momentos
temporales distintos: 1958 y 1985 (las cifras no son casualidad pero eso mejor
lo descubrís vosotros) y lo hace de manera magistral, sin perder jamás el ritmo
ni hacer que decaiga el interés en ninguna de las dos tramas, mucho más conectadas
de lo que pueda aparecer a priori. En este sentido voy a tener que darle la
razón al personaje de Un invierno en la playa y admitir que It es una novela magistral. Y es que resulta que al final Cortázar iba a estar
en lo cierto cuando dijo que hay que ser un animal para tener convicciones. Las
mías se acaban de ir por el desagüe, directas a las cloacas de Derry. Allí se
queden. Por los siglos de los siglos.

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