martes, 20 de mayo de 2014

Las 200 de Cinemanía: 97 – LOS GOONIES (1985). Richard Donner


Qué nadie haga ruido, tenemos a Montoro sobre nuestras cabezas
Los 80, cinematográficamente hablando, nos dejaron, entre otras muchas cosas el auge de los blockbusters y con ello la eclosión de un buen número de géneros y subgéneros. Dentro de estos últimos y emparentados con otro fenómeno, este literario, surgió un tipo de historia que durante una década encandiló a una generación de espectadores y de lectores, a saber, la del grupo de chavales, a medio camino entre la pubertad y la adolescencia que, gozando de una autonomía y una libertad semiadulta (y algo ficticia, claro está), vivían las más disparatadas y grandiosas aventuras. Ahí quedan sagas literarias inolvidables como Los Hollister, Los 3 investigadores o PAKTO secreto junto a títulos memorables como E.T., Cuenta conmigo o éste clásico inmortal, que son Los Goonies. Cinematográficamente hablando, el film de Richard Donner no es nada del otro mundo, quizá porque el propio Donner nunca ha tenido ese toque de magia que sí tenían sus coetáneos Spielberg o Lucas. Pero Los Goonies tiene, al margen de un glorioso y acertadísimo reparto (tanto los adultos como los chavales parecen haber nacido para los papeles que interpretan), un guión sobresaliente, espectacular. Tanto que cuesta creer que Los Goonies no haya sido escrita por un chaval de 13 años. Porque Los Goonies, más que una película es el sueño, casi delirio, infantil de cualquier crío de 12 años: un grupo de amigos, tan leales como dispares, como quizá sólo pueden ser los grupos de amigos a esa edad, un tesoro escondido, unos villanos de opereta, un secreto que guardar a los adultos, un barco pirata, una leyenda que creerse para poder perseguirla y hasta un primer beso en la húmeda penumbra de una cueva. No falta nada en esta historia firmada por Chris Columbus pero soñada por ese niño grande que siempre ha sido Spielberg. El cine de aventuras juvenil nunca fue lo que entonces y nosotros nunca tendremos amigos como los que tuvimos a los 12 años. Pero nos quedan los recuerdos. Y los amigos. Qué queréis que os diga, aún sigo pensando que hubiese sido la leche ser un goonie por el resto de nuestros días.



IT, ESO (1990). Tommy Lee Wallace

Hijo, si ves un payaso asomando por una alcantarilla no hables con él
Sólo unas horas después de haber terminado de leerme el libro de Stephen King, tuve la ocasión de volver a ver la única adaptación cinematográfica, por ahora, de la historia del payaso más perverso y siniestro de la historia. Digo "por ahora" porque sólo unos días antes, estando aún enfrascado en la lectura del libro, supe por la revista Cinemanía que se prepara una miniserie con Cary Fukunaga, director de la alabadísima True detective, al frente. Y menos mal. Porque si el libro es un notable alto, casi un sobresaliente, ésta extensísima adaptación (dura 3 horas) es un aprobado raspado. De hecho, si nos ponemos exigentes probablemente sea un más que merecido suspenso. Y es que, siendo generoso habría que convenir que la historia va de más a menos pero si volvemos al tema de la exigencia habría que afirmar entonces que en realidad va de mal en peor. Intenta ser fiel al libro, eso se agradecería si el libro diese para ello, pero condensar toda la profundidad de una novela de 1200 páginas en 3 horas de cine resulta imposible si pretendes atenerte a la literalidad. Así que lo más recomendable hubiese sido una interpretación más libre. Pero tampoco es eso lo que nos encontramos. Lo que nos encontramos es una presentación lenta, minuciosa, de los personajes en el momento en que empieza la historia en contraposición con la atolondrada y algo disparatada presentación de esos mismos personajes 27 años antes. Un desarrollo casi inexistente (cuando acabas de conocer a los personajes ya te tienes que empezar a despedir) y para acabar una resolución apresurada, sonrojantemente ridícula, bordeando el esperpento, con una araña gigante que le habría sacado los colores al mismísimo Ed Wood. Da la sensación de que a las 2 horas de película se hubiesen dado cuenta de que les quedaba sólo una de metraje y más de la mitad de la historia por contar y que hubiesen decidido condensarlo todo en esos escasos 60'. El resultado final es, no podía ser de otra forma, una película que apenas pasa de la categoría de telefilme con ínfulas, con unos personajes absolutamente planos e insulsos (justo lo contrario que el libro) y que deja, eso sí, uno de los villanos más reconocibles de la historia del cine de terror, esa especie de trasunto de Roland McDonald que resulta ser Pennywise y que, me temo, ha sido la ruina de los clowns de medio mundo. Date prisa, Cary, por favor, que quiero olvidar esto.




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