jueves, 28 de noviembre de 2013

Las 200 de Cinemanía: 124 - Los 400 golpes (1959). François Truffaut

Me fascina cierto fenómeno asociado a la crítica, del tipo que sea ésta, por el que, en determinado momento y casi de forma espontánea, se llega a la convención de que algo es superior, excelso. Sucede en el cine pero también en la literatura, en la música, en el deporte… casi en cualquier actividad susceptible de ser criticada. Ya hasta tenemos cocineros “top”. A partir de ese momento contradecir esa especie de pacto universal te puede convertir, per se, en un inculto, un profano en la materia. En poco menos que un apestado. ¿Cómo te atreves a dudar del valor inmortal de Kubrick, García Márquez, Madonna o el Barcelona del tiki-taka y encima pretender que eso no te inhabilite de por vida para opinar de cualquiera de estos temas? Iluso…

Viene todo esto a cuento, supongo que ya lo habréis adivinado, porque Los 400 golpes me parece una película absolutamente sobrevalorada. Es correcta, quizá más que eso, es buena. Tierna en determinados momentos, cruda la mayor parte del tiempo; deliberada, pretendidamente realista. Bien interpretada, sin duda, aunque tampoco es que estemos hablando del nuevo Marlon Brando francés ni nada por el estilo. Y poco más. Sinceramente, no logro encontrar ni rastro de la supuesta obra maestra que es y lo único que se me ocurre es que se ha rebajado (o se ha pervertido) demasiado el listón de lo que se considera una “obra maestra”.

Ah sí, se me olvidaba. Los 400 golpes es profundamente rompedora, como lo son todas sus coetáneas de esa corriente cinematográfica tan bien vendida que es la Nouvelle vague. Rompedora en fondo y forma. Y además habla de la solitaria y desoladora condición humana. Algo, lo de ser rompedor y lo de las angustias vitales, que a cierto tipo de espectador, bastante habitual por lo visto, les pone mucho. El problema es, creo, que lo que en 1959 resultaba rompedor, en 2013 puede parecer obvio, casi ridículo. Es lo que tiene apostarlo todo a la innovación. Por eso desconfío de cualquier obra que se presenta a sí misma como renovadora de tal o cual lenguaje. Llamadme inmovilista pero, si no tienen algo más, yo prefiero las viejas y clásicas historias universales, esas que podrías cambiar contexto y personajes y seguirían funcionando porque hablan de lo que sí somos, de lo que hemos sido siempre, desde los albores de la Historia. 

Yo también fui un adolescente complicado (¿quién no, querido François?), de los de faltar a clase, encararme con los profes y todo eso, pero no creo que nunca me vaya a sentir más cerca de este Antoine Doinel de Los 400 golpes que del Will Kane de Solo ante el peligro, por ejemplo. Por cierto, película ésta cuya ausencia de la lista de las 200 mejores de Cinemania me parece una aberración injustificable. Quizá si hubiese sido más francesa y más rompedora alguien con autoridad moral e intelectual sobre el el resto habría proclamado a los cuatro vientos que estábamos ante una obra maestra y nadie se habría atrevido a contradecirle. Y, aunque sólo fuese por postureo, estaría en la lista.



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