jueves, 14 de noviembre de 2013


Tengo aquí, al lado, el segundo libro de la saga Canción de hielo y fuego, pomposamente titulado Choque de reyes, cuyo registro (así se conoce, por lo visto, al famoso cordón de tela que hace las veces de marcapágina en las ediciones de algunos libros. Por cierto, ésta última palabra no es válida según la RAE), me indica que ando por algún impreciso lugar ya pasado el ecuador del libro pero aún lejos del final. Si estuviese viajando a Málaga, por ejemplo, estaría dejando atrás Despeñaperros. Para que nos hagamos una idea.

Hasta aquí todo bien. Nada raro. Ya sabéis lo que estoy leyendo y además habéis aprendido un par de vocablos, el correcto que nadie usa y el incorrecto que todos usamos. Tampoco nada nuevo. Lo cotidiano deviene en anécdota y ésta a su vez en motivo de reflexión porque este libro es el que tenía aquí al lado el mes pasado. Y en septiembre. De hecho, cuando lo empecé aún tenía la ropa de invierno en el armario del otro cuarto, el nórdico en una maleta y no había hecho ningún equipo del Supermanager. Tampoco es que me haya dedicado por entero a la espesísima trama del amigo Martin, que cuatro o cinco revistas y un buen lote de cómics han caído. Es más, en mi II Guerra Mundial, de Beevor; un libro de unas dimensiones físicas muy similares, Hitler y los suyos ya han tomado Polonia, Bélgica, Francia y Finlandia mientras su amigo Stalin ha traicionado a media Europa y parte de China. Menudos tipos estos dos, por cierto.

El caso es que parece evidente que Choque de reyes, además de ser un libro largo, se me está haciendo largo. Muy largo. Y como no suele pasarme mucho he reflexionado acerca del porqué de esta tortuosa relación. Y he llegado a la conclusión de que la culpa no es mía, que yo me leo casi cualquier cosa. La culpa es de este nuevo fenómeno de la literatura que vamos a llamar, por ahora, narración expansiva, a falta de un término más imaginativo y preciso, y que consiste, básicamente, en contar en ochocientas páginas lo que perfectamente podrías hacer en cuatrocientas.


Puedo entender el fenómeno como una táctica con fines lucrativos en el caso de la televisión, de las series me refiero. Si tienes una idea que da para ocho capítulos y le sacas tres temporadas, eso que te llevas. Lo de la reputación ya se verá después. ¿Pero en la literatura? ¿Realmente tiene sentido dilatar una trama hasta convertirla en una caricatura de sí misma? ¿Acaso cobran los autores por página escrita y yo no me he enterado? Todo esto lo ignoro, como neófito que soy en estas lides. En las de publicar, digo, que de leer ya tengo los ojos gastados. Pero más allá de tácticas comerciales me parece una pésima elección artística. Ya lo dijo Michi Panero, lo peor que se puede ser en esta vida es un coñazo. Por eso yo, como escritor, por muy neófito que sea, o quizá precisamente por eso, vivo aterrado ante la posibilidad de que un lector me acuse de coñazo. O tal vez sea que, como lector, me abruma la idea de enfrentarme a un libro de ochocientas páginas en el que nada sucede hasta que pasas Despeñaperros.

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