Hasta aquí
todo bien. Nada raro. Ya sabéis lo que estoy leyendo y además habéis aprendido
un par de vocablos, el correcto que nadie usa y el incorrecto que todos usamos.
Tampoco nada nuevo. Lo cotidiano deviene en anécdota y ésta a su vez en motivo
de reflexión porque este libro es el que tenía aquí al lado el mes pasado. Y en
septiembre. De hecho, cuando lo empecé aún tenía la ropa de invierno en el
armario del otro cuarto, el nórdico en una maleta y no había hecho ningún
equipo del Supermanager. Tampoco es que me haya dedicado por entero a la
espesísima trama del amigo Martin, que cuatro o cinco revistas y un buen lote
de cómics han caído. Es más, en mi II Guerra Mundial, de Beevor; un libro de unas dimensiones físicas muy similares, Hitler y los
suyos ya han tomado Polonia, Bélgica, Francia y Finlandia mientras su amigo
Stalin ha traicionado a media Europa y parte de China. Menudos tipos estos dos,
por cierto.
El caso es
que parece evidente que Choque de reyes, además de ser un libro largo, se me está haciendo largo. Muy largo. Y
como no suele pasarme mucho he reflexionado acerca del porqué de esta tortuosa
relación. Y he llegado a la conclusión de que la culpa no es mía, que yo me leo
casi cualquier cosa. La culpa es de este nuevo fenómeno de la literatura que
vamos a llamar, por ahora, narración expansiva, a falta de un término más
imaginativo y preciso, y que consiste, básicamente, en contar en ochocientas
páginas lo que perfectamente podrías hacer en cuatrocientas.
Puedo
entender el fenómeno como una táctica con fines lucrativos en el caso de la
televisión, de las series me refiero. Si tienes una idea que da para ocho
capítulos y le sacas tres temporadas, eso que te llevas. Lo de la reputación ya
se verá después. ¿Pero en la literatura? ¿Realmente tiene sentido dilatar una
trama hasta convertirla en una caricatura de sí misma? ¿Acaso cobran los
autores por página escrita y yo no me he enterado? Todo esto lo ignoro, como
neófito que soy en estas lides. En las de publicar, digo, que de leer ya tengo
los ojos gastados. Pero más allá de tácticas comerciales me parece una pésima
elección artística. Ya lo dijo Michi Panero, lo peor que se puede ser en esta vida es un coñazo. Por eso yo,
como escritor, por muy neófito que sea, o quizá precisamente por eso, vivo
aterrado ante la posibilidad de que un lector me acuse de coñazo. O tal vez sea
que, como lector, me abruma la idea de enfrentarme a un libro de ochocientas
páginas en el que nada sucede hasta que pasas Despeñaperros.
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