En
mayo de 2012 la revista Cinemanía cumplía 200 números en el kiosco y para
celebrarlo publicaron la lista de las 200 mejores películas de la Historia del
Cine según una encuesta entre los lectores, miembros de la revista y una buena pléyade de famosos,
famosetes y conocidos de medio pelo. Más allá de la conformidad con las
películas elegidas o con el orden de las mismas, me pareció una buena
oportunidad para, cogiendo la lista desde el final, repasar (odio la expresión
“revisitar”, me parece de una pedantería insufrible) una a una todas esas
supuestas obras maestras. Muchas ya las había visto, algunas en innumerables
ocasiones (Regreso al futuro o La jungla de cristal debo
de haberlas visto no menos de 10 veces cada una), otras cuantas en una única
ocasión y a menudo hace ya bastante. Pero muchas tantas aún no había encontrado la oportunidad de
hacerlo, normalmente por pereza. Así que una noche de finales de agosto de 2012
me puse Sed de mal (primera polémica:
una peli notablemente mejor que al menos la mitad de sus predecesoras) y al día
siguiente la comenté en mi Facebook. Desde entonces, cada vez que veía una
película de la lista repetía la operación, introduciendo mi comentario con el lema “Las 200 de Cinemanía”.
Pues bien, con este post, que retoma la lista en el puesto 125, pretendo sacar
de Facebook esas críticas que no pretendían ser más que una excusa para debatir
con los amigos sobre cine. Algo, lo de debatir, que siempre me ha encantado,
que me resulta un placer irrenunciable, como el café o darme unos muy poco
heterosexuales baños de agua caliente y espuma. Y me encanta, lo de debatir, sobre
todo cuando, como es el caso, se trata de una carretera que lleva a ninguna parte.
LAS 200 DE CINEMANÍA: 125 - SOSPECHOSOS HABITUALES (1995). Bryan Singer
“El
mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía”, dice
en cierto momento de la película un Kevin Spacey en estado de gracia. Vamos,
como siempre. Pues bien, el mejor truco que un guionista de cine inventó fue no
contarle al espectador lo que él si sabe. De hecho es una lección fundamental,
casi de 1º de guionista, saber que hay dos formas de atacar un guión: o bien le
das al espectador toda la información que el protagonista desconoce, con lo
cual la atención se desvía al proceso, esto es, a la historia en sí misma; o
bien se la omites en la misma medida que al personaje, con lo cual el
espectador acaba haciendo ese mismo viaje de la confusión inicial al estupor
final. Bueno, luego está la “solución
Agatha Christie”, que consiste básicamente en sembrar pequeñas pistas
insuficientes para desvelar el misterio y sacarte de la manga, al final, un speech del Poirot de turno con un montón
de evidencias que el lector desconocía. Personalmente esta opción me parece
bastante tramposa, incluso la segunda me lo parece, aunque no tanto, desde luego. Este tipo
de historias suelen soportar mal un segundo visionado pues una vez perdido el
factor sorpresa suelen perder el interés. No siempre, pero sí demasiado a
menudo.
Pues bien, Sospechosos habituales, que pertenece claramente al segundo grupo,
es una de esas raras excepciones en que la historia sigue funcionando la
segunda vez que la ves. Y la tercera. Porque una vez que sabes cómo va a
acabar, la película, como todas las de este tipo, pasan automáticamente al
primer grupo, esto es, el espectador YA lo sabe todo. Y ahí es donde la mayoría
de historias suelen desmoronarse (¿alguien ha visto Los otros dos veces? ¿Cuántos hemos flipado realmente con El sexto sentido cuando la vimos nuevamente?
¿No han servido, por el contrario, esas revisiones para sacarle todas las
fallas, las trampas que tienen?). Pero Sospechosos
habituales aguanta bien el envite porque no da la sensación de haber sido
pensada para un único y certero golpe de efecto final que de que hablar y sobre todo que tape las carencias, sino que la historia
estaba bien armada y parece que su teatral resolución no deja de ser más que una
elección estética que no socava el valor de la película. Unos extraordinarios fuegos artificiales al final de una estupenda fiesta.
Total, que sin ser
probablemente (casi seguro, vamos), una de las 200 mejores películas de la
Historia, sí es una muy buena película de intriga, de ese cine negro que tantas
perlas dejó en la Era Dorada de Hollywood y que películas como ésta o L.A. Confidential intentaron revitalizar
a mediados de los 90. Por cierto, a destacar la eficaz dirección del Bryan
Singer pre-XMen, cuando todavía intentaba hacerse un hueco en la Industria
(ésta es su segunda peli) y los delirios de grandeza con capa no habían puesto
en riesgo su carrera.

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