Decía Ander Izagirre,
no recuerdo dónde, de ahí que la cita no sea textual, que le gustaban esas
etapas llanas del Tour de Francia donde no pasaba nada. Y que aún más le
gustaba que se retransmitiese por televisión esa nada. Luego no recuerdo cómo seguía el razonamiento (seguro que
si Ander lee esto podrá echarme una mano) pero creo que hablaba del valor de
esta nada frente a la mayoría de los modelos de consumo de ocio actuales, donde
parece que es necesaria, imprescindible, la acción continua. La narración
histérica. El ruido como argumento principal.
Viene todo esto a
colación porque quería hablar de Mad Men, la serie de la AMC que anda ahora
en período de entretemporadas, preparando
la que, se supone, habrá de ser la última, la séptima. Y es que, entre el
estruendo de sangrientas guerras y perversas conspiraciones por el trono de
hierro; de las no menos cruentas batallas por el poder de aquellos glorificados
gánsteres de los años 20 y 30, de los productores caseros de drogas o de las tan
enrevesadas como difusas amenazas terroristas contra el American way of life; se ha colado esta historia de publicistas
empaquetados en trajes de diseño, que beben whisky a las diez de la mañana y
fuman continuamente, mientras charlan con una fingida desidia, con una
indolente naturalidad.
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| Los "galácticos" de Sterling & Cooper |
En Mad Men, ya lo he
dicho antes, no hay explosiones, no hay guerras, no hay complots
internacionales, por no haber ni siquiera el sexo es explícito, casi ni
implícito. Y eso que el sexo está más que presente desde el primer capítulo. O
por lo menos las ganas de él. Pero a oscuras. Un poco como imagino que debía de
ser en aquella época.
Lo que sí hay en Mad
Men es un grupo de personas tan heterogéneo como sólo puede serlo en un trabajo
o en el patio de un colegio. Un grupo de personas con sus miedos, sus filias, sus fobias, sus
ambiciones, sus secretos… su bagaje. Todo ello , además, perfectamente facturado, como el regalo de
boda de una familia real. Lo de dentro encanta y se disfruta igualmente con el
envoltorio. Y lo que en principio es curiosidad, la del espectador, deviene con
el discurrir de los capítulos en complicidad, en identificación. Y en ganas de saber más, de compartir todo. De saber que les fue bien con esto o aquello, de abrazarles y beber unas cervezas a la salida del trabajo, todos juntos, cuando las cosas se tuerzan. Un poco como en la vida misma, que tampoco deja de ser otra más que una eterna sucesión de días y días donde nada parece estar sucediendo. Salvo La Vida.
Así de tonto me pongo cuando me leen chicas.
p.d.: Ander, que es un tipo magnífico, ha tenido el detalle de señalarme con una enorme X el lugar donde podía encontrar su cita. Aquí está.
Así de tonto me pongo cuando me leen chicas.
p.d.: Ander, que es un tipo magnífico, ha tenido el detalle de señalarme con una enorme X el lugar donde podía encontrar su cita. Aquí está.

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