lunes, 18 de noviembre de 2013

Decía Ander Izagirre, no recuerdo dónde, de ahí que la cita no sea textual, que le gustaban esas etapas llanas del Tour de Francia donde no pasaba nada. Y que aún más le gustaba que se retransmitiese por televisión esa nada. Luego no recuerdo cómo seguía el razonamiento (seguro que si Ander lee esto podrá echarme una mano) pero creo que hablaba del valor de esta nada frente a la mayoría de los modelos de consumo de ocio actuales, donde parece que es necesaria, imprescindible, la acción continua. La narración histérica. El ruido como argumento principal.

Viene todo esto a colación porque quería hablar de Mad Men, la serie de la AMC que anda ahora en período de entretemporadas, preparando la que, se supone, habrá de ser la última, la séptima. Y es que, entre el estruendo de sangrientas guerras y perversas conspiraciones por el trono de hierro; de las no menos cruentas batallas por el poder de aquellos glorificados gánsteres de los años 20 y 30, de los productores caseros de drogas o de las tan enrevesadas como difusas amenazas terroristas contra el American way of life; se ha colado esta historia de publicistas empaquetados en trajes de diseño, que beben whisky a las diez de la mañana y fuman continuamente, mientras charlan con una fingida desidia, con una indolente naturalidad.

Los "galácticos" de Sterling & Cooper
¿Y de qué va Mad Men? me preguntaba el otro día una amiga que ha oído hablar de ella pero que aún no ha visto ni un capítulo. “De nada”, respondí al principio. “De la vida”, añadí intentando resultar un poco más preciso y un mucho más enigmático. Así de tonto me pongo cuando estoy a solas con una chica. Luego, no con mucho éxito, intenté explicarle que era precisamente esa nada lo que la hacía verdaderamente especial. Diferente. Y fue entonces cuando decidí que mejor escribía sobre Mad Men aquí y se lo mandaba a mi amiga para que le quedase algo más claro. Y es que, como Echenique, yo también soy mejor por carta.

En Mad Men, ya lo he dicho antes, no hay explosiones, no hay guerras, no hay complots internacionales, por no haber ni siquiera el sexo es explícito, casi ni implícito. Y eso que el sexo está más que presente desde el primer capítulo. O por lo menos las ganas de él. Pero a oscuras. Un poco como imagino que debía de ser en aquella época.

Lo que sí hay en Mad Men es un grupo de personas tan heterogéneo como sólo puede serlo en un trabajo o en el patio de un colegio. Un grupo de personas con sus miedos, sus filias, sus fobias, sus ambiciones, sus secretos… su bagaje. Todo ello , además, perfectamente facturado, como el regalo de boda de una familia real. Lo de dentro encanta y se disfruta igualmente con el envoltorio. Y lo que en principio es curiosidad, la del espectador, deviene con el discurrir de los capítulos en complicidad, en identificación. Y en ganas de saber más, de compartir todo. De saber que les fue bien con esto o aquello, de abrazarles y beber unas cervezas a la salida del trabajo, todos juntos, cuando las cosas se tuerzan. Un poco como en la vida misma, que tampoco deja de ser otra más que una eterna sucesión de días y días donde nada parece estar sucediendo. Salvo La Vida. 

Así de tonto me pongo cuando me leen chicas.

p.d.: Ander, que es un tipo magnífico, ha tenido el detalle de señalarme con una enorme X el lugar donde podía encontrar su cita. Aquí está.

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