El error fue pensar que esto le podía interesar a alguien más de lo que podía llegar a interesarme a mí. El error fue pensar que tenía público y que además me debía a él. El error fue convertir el Medio en Fin y en el camino, ya de paso, pervertir éste (hubiese sido casi mejor olvidarme de él). El error fue pretender que hacía una cosa cuando en realidad estaba haciendo otra. Fueron demasiados errores como para que el viaje llegase a buen puerto. Por eso había llegado el momento de parar y reflexionar. De evaluar y decidir.
Quería escribir por el puro placer de hacerlo. Quería escribir para conocerme mejor, para saber qué pienso exactamente de algunos temas que en mi cabeza se presentan como brumosos, turbios, equívocos. Quería escribir para recordar. Y sí, quería escribir este blog como entrenamiento para otros retos mayores de la misma manera que los miércoles salgo a entrenar con la bici para poder subir puertos los sábados. Quería escribir, y esto ya lo dije en mi primera entrada, "porque si no, me muero".
Pero extravié el camino en algún momento, probablemente vencido por la pereza y la sensación de seguridad que me procuraba escribir sobre aquello en lo que no había demasiado en riesgo. Pero sobre todo porque pensé que a nadie le iba a interesar lo que yo pensase más allá de que una crítica mía sobre tal o cual película, sobre ciertos cómics o sobre determinados libros, pudiesen servirles de manera puntual y a modo de guía. Fue en ese momento, cuando empecé a escribir pensando ya no en quién me leía, sino en que alguien me leía, cuando condené a este blog al fracaso, cuando me condené a mí mismo a idéntico fin. Fue entonces cuando, hablando en plata, me pegué un tiro en el pie.
De ahí el silencio de estos último dos meses. Había que parar porque había mucho que reflexionar y otro tanto que evaluar y aunque decisiones no había muchas que tomar (sí o no, seguir o abandonar) quería, en primer lugar, estar plenamente convencido de lo que decidía y, si finalmente resolvía seguir con este blog, hacerlo comprometiéndome esta vez a no extraviar el camino en modo alguno.
Quién lee esto, me he preguntado a menudo en este año largo de vida de Viajes en autobús. No lo sé, no puedo saberlo a ciencia cierta. Pero sé quién lo escribe: Yo. Y esa es, a día de hoy, mi única certeza válida.

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