HER (2013). Spike Jonze
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| ¡Qué cosas tiene mi windows! |
Las premisas de algunas películas a menudo resultan tan insólitas, tan delirantes, que es todo un ejercicio de Fe pensar que de ellas se puede sacar algo siquiera decente. En este caso, mi Fe estaba depositada en que la arriesgadísima propuesta de Spike Jonze no fuese lo suficientemente sonrojante como para hacerme abandonar a mitad de metraje. También le pedía, ya puestos, que por favor no quisiese ser demasiado molona, que tuviese las dosis de pretenciosidad justas. De cumplir estas simples demandas, habría dado el pacto por bueno.
Pero, como canta Iván Ferreiro, "la vida siempre tiene algo preparado que supera cualquiera de mis fantasías". Así, el que Her fuese demasiado molona, demasiado pretenciosa o tan ridícula que la vergüenza ajena me obligase a dejarla a medias, pronto dejó de ser una opción. Porque en contra de mi propia voluntad lo que acabó pasando fue que me metí por completo en la película.
Lo primero que me sedujo fue su propuesta estética. Ambientada en un futuro que no parece demasiado lejano (las aplicaciones de ordenador, la forma de vestir, la decoración de las viviendas... todo parece nada más que el siguiente escalón al que nuestro mundo actual va a ascender en breve) todo es elegante, sobrio, moderno y atractivo a partes iguales. Hasta los pantalones por la cintura que luce Joaquin Phoenix parecen algo que podrías acabar poniéndote tú. Y creer que vas guapo.
Pero fue la relación Phoenix-Sistema Operativo (al que presta su sensual voz Scarlett Johansson) donde la película definitivamente me conquistó. Lo supe después del primer "encuentro" sexual entre ambos. La situación daba para que la historia se hubiese precipitado al abismo de lo escabroso y lo patético. Y sin embargo está rodada, narrada, con tal delicadeza y tal tacto que acaba convertida en una de las mejores escenas de sexo del año. A partir de ahí, me rendí y me dejé llevar, más o menos como Theodore, el protagonista. Y cuando me quise dar cuenta estaba sufriendo por los vaivenes amorosos entre Phoenix y su S.O. como si del mayor melodrama romántico se tratase. Y es que el mayor mérito de Her no es trasladar los códigos de la comedia romántica a su particular historia, que eso, de una manera u otra se podía hacer una vez que se tenía la premisa inicial. El mayor mérito es hacer que el espectador llegue a empatizar con el personaje de Joaquin Phoenix hasta el punto de que pueda comprender porque este Theodore se enamora de algo que es sólo una voz.
Que no os engañen, Her no es una sesuda reflexión sobre ese supuesto aislamiento al que nos aboca la tecnología según ciertos cavernícolas antievolución. No. Es, creo yo, una fábula sobre como funciona el amor, de qué es de lo que nos enamoramos cuando nos enamoramos. Y es una fábula preciosa.
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Otros propuestas:
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| Quiero mis radiografías...ahora |
En ese cruce imposible entre el Matrix de los Wachowski, la Nikita del propio Besson o la muy infravalorada, Shocker de Craven, se sitúa este delirio ultraviolento y pseudofilosófico en el que Besson pretende "picar" de todos los platos para al final acabar quedándose (y dejándonos) con hambre. Porque es esa, su falta de determinación a la hora de apostar por algo, lo que sea, su mayor lastre, lo que no quita para que se pueda ver con un bol de palomitas en las rodillas y los cambios del Supermanager en la cabeza. Además, está Scarlett Johansson (da igual si es violenta, sexy, modosita, atormentada... Scarlett es un valor añadido a cualquier espacio en el que aparezca) y eso ya es mejor que casi cualquier cosa que te pueda pasar un martes por la noche.
ONCE -UNA VEZ- (2006). John Carney
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| -Entonces ¿te vienes al Chelsea? -Hecho |
Begin again me había dejado tan buen sabor de boca que nada más terminar de verla me lancé a por esta Once inmediatamente después. Quería volver sobre los pasos del propio Carney para comprobar como había empezado todo (había leído que Begin again era el relato más o menos autobiográfico de todo lo que le había sucedido al director tras el considerable éxito de Once). Y el resultado no pudo ser más satisfactorio. Sin el brillo esplendoroso de las superestrellas Knightley y Ruffalo, rezuma, sin embargo, una autenticidad aún mayor que la de su "hermana americana". Con un estilo mucho más artesanal, más rudimentario pero más honesto, más sincero, Carney nos cuenta una historia aún más conmovedora y emocionante. Incluso a nivel actoral, Glen Hansard y la adorable Marketa Irglova resultan aún más convincentes, mas creíbles. Comparte, además, con Begin again, dos rasgos muy singulares y que habrá que empezar a apuntarlos como señas de identidad del cine de Carney. Hablo de la perfecta integración de la música, estupenda por otra parte, en la historia y, atención, spoiler, la transgresión de los códigos fundacionales de la comedia romántica. La tensión sexual, tanto de la pareja Hansard-Irglova como de la Knightley-Ruffalo, están más en el imaginario del espectador que en la propia película. El espectador espera que pase algo entre ellos porque eso es lo que suele pasar en estas pelis. Pero no. Así que se agradece que, a estas alturas, alguien sea capaz de sorprendernos, aunque sea en aspectos tan pequeños. Habrá que seguirle la pista a Carney en el futuro.
HERMOSA JUVENTUD (2014). Jaime Rosales
A Jaime Rosales lo descubrí hace poco más de una década con su sorprendente debut, Las horas del día. Era yo entonces mucho más permeable a cierto tipo de cine difícil, incómodo y desasosegante, de ahí que sin disfrutarla (reconozcámoslo, hay pelis que no están pensadas para disfrutarse y ésta es una), sí que me pareció un prometedor descubrimiento. Sin embargo, para cuando estrenó La soledad, cuatro años más tarde, andaba yo en un momento vital en el que mis propias desgracias eran suficiente agonía como para dejarme arrastrar por las ficticias del sesudo director de turno así que deje correr la vez y acabé perdiéndole la pista... hasta este 2014 en que decidí reencontrarme con el bueno de Rosales y su, imaginaba, singular punto de vista sobre el impacto de la actual crisis económica en nuestra juventud.
Me sorprendió, en primer lugar, la brillantez y autenticidad de sus diálogos, afilados y crudos pero absolutamente creíbles. También agradecí que no incurriese en uno de los mayores pecados de nuestro cine, a sabe, el perdedor romántico. No, ser un habitante de los límites de nuestro mundo no tiene nada de cautivador, es dramático y triste (toma nota, Fernandoleondearanoa). Y en ese sentido Rosales no hace concesiones al espectador acomodado pero con inquietudes sociales. Sin embargo, y éste es su principal pecado, me decepcionó que eligiese a este tipo de personajes precisamente para esta historia y me explico: la verdadera catástrofe de esta crisis es que ha borrado de un plumazo a la clase media de nuestra sociedad por eso, elegir a quienes siempre han estado en el filo para retratar su devastador efecto, me parece un desatino mayúsculo. ¿Por qué no contar la historia de dos licenciados que tienen que repartir periódicos con 30 años para subsistir? ¿Por qué no un matrimonio con hijos de esos que han tenido que volver a vivir con los padres? Pues porque me da que tras esta elección se esconde, en el fondo, el reducido punto de vista de un pequeño burgués que tiene la idea de que la crisis, en el fondo, es cosa de los arrabales y los desheredados. Y no.


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