lunes, 3 de febrero de 2014

Las 200 de Cinemanía: 115 - MAGNOLIA (1999). Paul Thomas Anderson

Si todo hubiese ido según lo planeado, yo tendría que haber escrito entre el jueves y el viernes este post, lo habría publicado el viernes por la tarde, por aquello de repasarlo, como uno se mira en el espejo del ascensor antes de salir a la calle, asegurándose de que todo anda más o menos donde debería, y me habría pasado el fin de semana meditando despreocupadamente sobre el tema del siguiente. Así, ayer por la tarde, cuando me hubiese enterado de que había muerto Philip Seymour Hoffman, habría pensado en la terrible coincidencia de haber estado escribiendo sobre él mientras ambos ignorábamos que estaba apurando sus últimas horas en la Tierra.

Pero nada salió según lo planeado. Ni en mi agitado fin de semana, ni, desde luego, en el del Gran Philip, imagino. Así que hoy, lunes, 3 de febrero, mientras nieva en Madrid, me encuentro intentando escribir sobre Magnolia, uno de los títulos más celebrados en los que intervino P.S. Hoffman, como si fuese viernes. Como si aún no se hubiese ido.

Heredera de la estructura narrativa de esa pequeña joya que es Grand Canyon, de Lawrence Kasdan y de la mastodóntica Vidas cruzadas, de Robert Altman, ésta Magnolia de Paul Thomas Anderson toma prestado de aquellas la idea de entrecruzar historias aparentemente inconexas que, sin embargo, se van entretejiendo, alimentando esa dudosa máxima new age de que todo está conectado con todo, algo que, narrativamente, no deja de ser más que un recurso estilístico y conceptual. De lo más interesante, sí. Pero nada más.

Éste es el andamiaje sobre el que sustenta una historia que de lo que nos habla, con un acierto desigual según qué historia pero con unos mínimos altísimos en cualquier caso, es de la cruel tiranía del pasado, de cómo lo que fuimos explica lo que somos, de cómo puede determinar lo que seremos. También habla de la imperiosa necesidad de perdonar, de saldar cuentas con lo que hemos hecho y lo que hemos sido para poder seguir sobrellevando el peso de nuestras existencias. Ya digo que, aunque el resultado es desigual, el nivel de todas las historias es, cuando menos conmovedor.

Tú no, Philip, tú no.
Un planteamiento original, una temática universal e inmortal, un guión sólido y atractivo, un montaje sobresaliente (la escena de la entrevista y la posterior del reencuentro padre-hijo son un escándalo), una música hipnotizante… sólo quedaba un aspecto en el que la película podía irse por el desagüe o volverse definitivamente extraordinaria: la interpretación. Bordeando a menudo la delgada línea de la sobreactuación pero sin llegar jamás a cruzarla, media docena de grandes actores llevan la película al siguiente nivel de perfección y belleza. Tom Cruise, por ejemplo, a quién siempre he detestado por esa patética intensidad con la que suele deleitarnos. Pues bien, aquí construye, probablemente, su mejor personaje, su actuación más memorable, esa mezcla imposible a medio camino entre telepredicador y un Nacho Vidal reconvertido en coach que, atención, spoiler, sin embargo se desmorona estremecedoramente a los pies de la cama donde agoniza su padre. Pero Tom Cruise, siendo el más sorprendente, es sólo uno más de un reparto absolutamente genial. John C. Reilly conmueve e incomoda a partes iguales en su papel de tierno y solitario agente de la ley. Querrás proteger y abrazar y prometer que nada irá mal a Melora Walters, brutal como la yonqui que se resiste a ser amada. Jason Robards consigue que le odies y le perdones y hasta te acabes afligiendo por su agonía y todo sin levantarse de la cama. Un viaje inverso al que realizas con el siniestro Jimmy Gator, interpretado por Philip Baker Hall. Y Julianne Moore. Devastadora, más atractiva de lo que nunca la veremos, inmensa, apoderándose de la pantalla cada vez que entra en escena.

Y luego está Philip Seymour Hoffman. Al que descubrí en Happiness, en un papel tan inolvidable como turbador. Nunca conseguí disociarle del todo de esa imagen que se me quedó entonces de pajillero que llama a las líneas 902 para mitigar el efecto de su inabarcable soledad. Y eso que le he visto hacer personajes de todo tipo pero siempre tuvo ese aura de tipo oscuro, genial, intenso… Un actor inmenso que en Magnolia regala "sólo" otra más de sus prodigiosas creaciones (ese pequeño salto que pocas veces dan las actores y que separa la interpretación de un personaje de la creación misma) y del que yo no tenía que haber escrito en un párrafo aparte. Pero así son los lunes.

Y es que las cosas casi nunca salen como uno planea. 




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